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Hilachas que van tramando – El hombre cabizbajo y las hojas

1 Jun

El hombre cabizbajo y las hojas

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Después de un día agotador en el centro,  me bajo del tren y vengo caminando desde la estación.   El caminito de la vía, casi un sendero en el bosquecito,  es el más ancho de todos los que tienen las estaciones de esta línea; y  se mantiene igual que hace muchos, muchos, años.  Camino con mis recuerdos y con mis realidades de antaño.  Casi diría que voy al centro para sufrir los embates de la gran ciudad y para volver, bajar del tren y caminar hasta casa por ese caminito lleno de enredaderas de campanillas azules y besos robados en la adolescencia.  Niños remontando barriletes y nosotros muy jóvenes, tan jóvenes que no nos dábamos cuenta de que lo éramos!!!

Salgo por el  arco de una pequeña puerta, que ya no existe, a la calle de mi casa y entonces estalla uno de los más preciosos paisajes que he visto.  Los tilos, los liquid ámbar  y los robles, que se mezclan con toda desconsideración y desorden,  han perdido casi todas sus hojas.  Las hay de color amarillo cristalino que se ponen casi transparentes y las otras que llegan, con todos los tonos, a tener un violeta oscuro.  La alfombra es gruesa, crujiente y voladora.  Cada tanto un golpe de viento caprichoso levanta pequeños tornados de colores que juntan las hojas en distintos lugares.  Y vuelta a empezar, de acá para allá.  Maravilloso!

Sin ponernos de acuerdo, así nomás, por apego a la belleza, los vecinos no barremos las hojas–apenas levantamos alguno que otro papel.  De manera que por unas cuadras voy atravesando mi alfombra dorada, distinguiendo los ruidos y gozando de esta tarde de otoño.

Al fondo de la calle la parroquia, con su torre amistosa y las campanadas que alertan a todos los vecinos.  Antes, el Ángelus.  Ahora, que se ha perdido la costumbre de rezarlo, reconocer las horas y apropiarse, por segundos, del tiempo fugitivo.

Desde la esquina dobla un amigo entrañable, que conocemos desde la infancia. Hombre inteligente y sabio, con quien conversar resulta siempre un placer.  Lo que más nos gusta de él es su consecuencia consigo mismo.  Aquí ha nacido, por su profesión de piloto recorrió el mundo más de una vez, habla otras lenguas y ahora, en estos años maduros, disfruta de su barrio, de su historia y de sus realidades.

Converso con él un rato y lo dejo, mirándolo alejarse cabizbajo y cansino, jugando como yo con las hojas.  De pronto pega como una patada de arrastre y eso produce un nuevo remolino, la luz oblicua del sol se refleja a través y por encima de las hojas que caen desordenadamente algunas atropellando y otras leves como el instante.  Ha creado una estela de belleza y vuelve a hacerlo dos o tres veces hasta que yo entro en mi casa.

Me siento a tomar un buen té e inevitablemente, con esa costumbre que tengo de analizar las cosas de las personas, pienso en mi vecino.  Es un hombre feliz.

Me pregunto: ¿Cómo se llega a ser un hombre feliz?

Me propongo darme alguna respuesta.  Lo primero que necesita un hombre feliz es un conocimiento acabado de sí mismo.  No puede un hombre ser feliz sin un conocimiento acabado de sí mismo.  Quien no se conoce no tiene relación adecuada con el universo.  Quien no puede conocerse no puede conocer a sus semejantes y sin ellos no puede tener sentimientos y emociones.  No puede ser generoso, no puede compartir, ni recibir ni conceder.  Todas las aptitudes que tenemos por ser seres humanos.   Y, sin embargo, sin embargo en el mundo moderno, tan emocionante, tan tentador, tan atractivo, no le dedicamos mucho tiempo a conocernos.  Van pasando las horas y enhebro ciertas preguntas necesarias para eso.

¿Quién soy?  Así como de “taquito” creo que sé quién soy.  Pero no.  Si lo pregunto en serio, cierro los ojos y busco una imagen inmediata me remonto a los primeros años de la juventud.  Así soy!  Aquella que quería ser antes de que la vida me hiciera a su manera. Quién soy.  Busco parecerme a los ideales de entonces.  Soy ésa y ésta.  Y las dos.  Dedicaré unos minutos para recorrer el intrincado camino ya recorrido y volver a ponerme en el lugar que corresponde. Voy  a tratar de parecerme a aquella joven llena de promesas. Desentrañar lo mejor que me ha pasado y lo mejor que he hecho.  Reconocerme.  Recuperarme.  Traerme desde entonces hasta acá pasando por todas las etapas de la vida.  Me lo volveré a preguntar.

¿Dónde estoy?  Cambiando siempre que la vida lo exige.  Pero ahora, en este tiempo, con estas realidades.  En esta casa que es la de mi familia.  En este barrio, de esta ciudad de este país que amo tanto porque  es el mío.  Con esta familia, con esta historia y  con todos mis amores.  Los voy a enumerar y renovar con ellos mis compromisos y mis pactos.

¿Cuáles son mis valores?   Lo que me atrae, lo que respeto, lo que deseo, lo que venero, lo que cuesta, lo que me exige.  Voy a repasarlos uno a uno.  Como para que no me vaya a distraer en esto de respetarlos.  Sobre todo son los míos.  Contrariamente a los principios que son universales y comunes a todos los hombres, estos valores míos han “tirado” especialmente de mi vida haciendo caminos para transitarla.  Es bueno que los repase.

¿Cuáles son mis dones?  ¡Qué  los tenemos todos!  Todos tenemos dones de distinta naturaleza.  Saber cuáles son para aceptarlos, para usarlos en la vida de todos los días.  Porque reconocer mis dones hace que sienta la riqueza de ser yo misma.  Y tienda a usarlos para mí y para los otros.  Y pienso en los dones de los demás, en los que me hacen feliz, me divierten, me enseñan, me ayudan.  Voy acrecentando la felicidad.

¿Qué espero yo de los otros y los otros de mí?  Pensarlo a solas significa que trataré de balancear las cosas de tal manera que resulte armoniosa la relación con aquellos que amo.  Quiero llegar hasta el fondo de las cosas.  Quiero que el conocimiento sea útil para la felicidad.  Y con los que no amo pero son cercanos, y los que aprecio y los que debo respetar por ser vecinos, compatriotas, hombres y mujeres en los que me reflejo.  Que son de este mundo.

Ha pasado la tarde y la noche se quiere hacer amiga.  Antes de que sea oscuro salgo a la vereda y pateo en arco las hojas, una, dos, tres veces.  Se despliegan en una lluvia de colores y algunas vuelan suavemente.  Desde la estación está llegando mi amigo que me hace un gesto de ¡¿Estás loca?!

Juntos entramos a la casa.  He decidido que trataré de guardarme unos minutos, aunque sean semanales, para volver a hacerme estas preguntas.  Para no perderme de mí en este fascinante y vertiginoso mundo en el  que me ha tocado vivir.

Pienso en mi vecino, con su gesto loco que yo he imitado.  Mañana lo vamos a invitar a compartir la mesa y hablaremos hasta bien entrada la noche contestando preguntas, preguntando sin rubores.  Aprendiendo a patear bellas hojas que alfombran la vereda en estos días luminosos de otoño.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.