Hilachas que van Tramando
Vuelvo enseguida
La casa de piedra se levanta justo en la esquina bien redondeada. Deja que la anterior se oculte, temerosa, atrás de un laurel blanco. Sigue un árbol alto y retorcido que la enmarca. El laurel rosado que le pertenece y, enfrente, la casa más pequeña, que está entre dos árboles queriendo escaparse por el callejón, cansada de ser la menos importante del paraje. Rosa y blanca, poco atractiva, desconsolada porque quiere quedarse y parece que se va.
La casa de piedra es sólida, amarronada. Con puertas y ventanas de madera añeja, endurecida por tantos años de vientos y agua que vienen del río. Tiene una pequeña ventanilla alargada que parece espiar desde arriba de la puerta principal. Hay hileras de ladrillos en forma de arco que sostienen airosamente el piso superior. Techo de tejas que merece más cuidado y un farol amarillo que se quedó con las ganas de estar en la esquina. Toda la calle es de adoquines a la vieja usanza colonial, dispuestos según los planos a recorrer, que juegan con las sombras de los árboles creando figuras cambiantes y tornadizas como la vida. Me imagino una serie de personajes de otros tiempos pasando por el lugar, saludando con un gesto cortés, procesiones llenas de piedad y recogimiento. Una pareja de novios que se van de la fiesta para empezar su propia fiesta en el sulky adornado con guirnaldas y una novia que saluda sonriente mientras oculta todas sus confusiones y sus temores. Y niños de pantalón a la rodilla, medias tres cuartos y polainas, jugando con los aros de una época que se quedó en otra dimensión y no vuelve. No vuelve porque cada tiempo tiene el suyo y lo que nos dejan es, solamente, los encantos de los recuerdos ajenos y las ilustraciones de lo que más nos gusta.
De esa casa, alguien se fue. O yo imagino que se fue. Miró alrededor, la sala abovedada, el pasillo con damero y los grandes armarios con candelabros, se dio vuelta para fijar en su memoria el patio luminoso con el aljibe, y se fue. Dejó atrás una vida. Se fue. Con su partida cambió un pasado que, seguramente, no quería. Miró para atrás a quien lo despedía y con lo que le quedaba de compasión dijo:
“Vuelvo enseguida”.
Tal vez, digo tal vez porque no quiero angustiarme demasiado, era joven, tenía la temeridad de los que han vivido poco. Se le notaba en la frase.
“Vuelvo enseguida” Dispongo del tiempo. Determino el curso de lo que vendrá. Mando, resuelvo, abandono. Salió creyéndose valiente pero ya había sido vencido.
La vida se nos hace, a veces, demasiado rigurosa y tendemos a escaparnos. Los otros se nos hacen, a veces, demasiado rigurosos y tendemos a abandonarlos. Nosotros mismos, buceando en las insondables profundidades del alma, a veces, nos asustamos y queremos huir. Solamente deberíamos aprender que abandonando lo otro dejamos pedazos de nosotros mismos y que no hay vuelta posible.
Jirones de vida dejados en la casa de piedra marrón. Pedazos de sentimientos, de emociones, de instantes. La casa de piedra marrón somos nosotros mismos, lo que somos acá adentro, en lo más profundo del alma y tendemos a desconocernos, de pronto, al acaso, cuando la vida parecía tranquila y juiciosa. Nos preguntamos:
¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi vida? ¿Qué pasa?
Un “Qué pasa” confundido, ajeno, sin salida. Entonces tendemos a irnos y pensar y decir, obcecados y convencidos:
“Vuelvo enseguida”.
Sin saber, ni medianamente, que jamás volveremos. Ése es el momento más importante de nuestra vida.
Hasta entonces hemos ido decidiendo según lo que se presentaba. Construimos una historia con la pretendida idea de que lo hacemos con la mayor libertad. Pero no, nuestra mejor condición humana es que crecemos en racimos, juntos y amontonados por la vida.
Un poco nosotros, un poco los otros y la vida omnipotente sobre todos ha ido tramando cada destino.
Al principio el mundo nos pertenece. La malla es apretada, no deja rendija para que pase lo que no queremos. Pero dura poco. Con el tiempo aprendemos que más y más necesitamos, esperamos, sacamos de los otros. Que la vida es inapelable. Cuanto antes lo entendemos, es mejor.
Y nos vamos a vivir en una casa de piedra marrón con laureles blancos y rosados, bellísima, misteriosa, que parece eterna.
Es la más bella de la cuadra. Tiene patios de glicinas, pisos de madera que crujen siempre con el mismo tono, galerías y atardeceres de licor y mantel de encaje.
A veces se hace inhóspita, otras nos lleva al colmo de la alegría, pero está allí, ella y nosotros en ella.
Hasta que no siempre aunque casi siempre nos pasa a cada uno de nosotros, viene, de repente y sin motivo, la angustia.
¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi “verdadera” vida?
Lo único que queremos es huir. Tomar la calle de adoquines viejos y salir del cuadro. Desaparecer, desconocer, buscando al otro que soy yo pero en otro lado.
Como somos humanos y vulnerables decimos, aunque no lo digamos ni lo pensemos:
“Vuelvo enseguida”. Sin saber lo que pasará en el futuro.
La vida imprevisible y repentina nos ha puesto en un borde del camino. Queremos irnos desconociendo lo más seguro que tenemos, lo absoluto de ser quienes somos. En aquellos momentos no pensamos que nos vamos pero que nos llevamos a nosotros mismos puestos. Acarreamos nuestros recuerdos, las verdades y lo otro, las decisiones, los amores, las traiciones, la historia grande y la pequeña.
Creemos que irnos es no perder esto ni lo otro. Creemos que volver es apretar en un puño lo que tuvimos y usarlo para lo que venga.
Alguien nos dice con la voz quebrada:
“No te pierdas”.
Allá vamos cargando con nosotros mismos, creyendo que abandonamos la casa de piedra marrón con el farol y los laureles. Pero nos llevamos todo puesto.
Lo mejor sería saber de verdad quiénes somos, reconocer la realidad con los otros. Con los que queremos y los que no queremos, aceptar que son parte de nuestra historia y de nuestro destino. Lo mejor sería convencernos de que debemos irnos sin confusiones. Lo mejor sería darles a los otros el lugar que deben tener en nuestra decisión.
Después, resolver con total libertad, quedarnos porque no podemos vivir partidos o irnos porque no podemos vivir sin reconocernos.
Quedarnos a rehacer lo que no nos gusta, mirar de verdad a los otros, a los que amamos o hemos amado, porque sabemos que ellos son inevitables en nuestra historia.
O irnos porque los amores se apagaron, los tiempos han cambiado y el sendero está lleno de esperanza.
Quedarnos porque lo que nos pasa también pasará y volveremos a encontrarnos a nosotros mismos. Irnos porque ya no somos los mismos.
Lo importante es saber lo que dejamos y lo que buscamos.
Lo importante es no creernos que volveremos enseguida. Ni que la casa marrón estará allí para recibirnos. Más bien irá desapareciendo en la bruma que el tiempo pasado suele acumular cuando estamos cerca del río.
Lo importante es estar preparados para lo que viene. No lastimar sin necesidad a los otros.
Lo importante es saber descomponer y volver a armar el sentido de nuestra propia vida. Aceptar la parte del todo que nos corresponde y aquello que dejaremos para nunca recobrar.
Si me voy tengo que decir “Adiós” para siempre. Sin pensar que todo siga igual. Dejaré pedazos de mí y me llevaré pedazos de mi historia. Más que recuerdos son pedazos. Caminaré por el zaguán de damero blanco y negro, saldré a la calle y sin decir nada, me voy. No hay vuelta. Y cuesta mucho. Cuesta la vida entera. Es lo único que cuesta la vida entera. Desconocerse, partirse y volver a juntar la vida. Se hace contando con los demás pero es la tarea más solitaria del mundo.
La casa de piedra marrón está en una curva de la calle, tiene laureles que la adornan y adentro una historia y soy yo misma. Soy yo mismo y me reconozco. Imposible no reconocerme.
Antes de partir la recorro, espero que sea una tarde de sol y colores y aprovecho para recorrerla. La miro con amor, me miro con amor. Paso mis dedos por el mueble colonial, enderezo el cuadro de marco rojizo. Camino por la galería perfumada y me lavo la cara con el agua fresca del aljibe.
Me siento en el sillón de paja amarillenta y me hamaco suavemente hasta que duermo. Cuando me despierto, recobro todo lo que era y lo que soy. Empiezo a entender, me perdono, me escucho. En el lugar más recóndito y silencioso de la casa me veo de nuevo. Me conozco de nuevo.
No me voy, no me creo que puedo “volver enseguida”. Me quedo. He decidido quedarme.
La siesta se descompone en otra tarde fresca. Mi amigo y yo nos vamos. Nos vamos del paraje real caminando por la calle de adoquines que dobla entre laureles y faroles. Ha sido un sueño de verano.
Vuelvo corriendo para atrás y todo ha desaparecido. El paraje es nuevo y sugerente. Suerte que saqué la foto. Suerte que tengo mi propia casa de piedra marrón. Suerte que suerte la vida que se me ha regalado. Gracias a Dios.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.





