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Hilachas que van Tramando/ Vuelvo enseguida

18 Ene

 Hilachas que van Tramando

Vuelvo enseguida

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La casa de piedra se levanta justo en la esquina bien redondeada.  Deja que la anterior se oculte, temerosa, atrás de un  laurel blanco.  Sigue un árbol alto y retorcido que la enmarca.  El laurel rosado que le pertenece y, enfrente, la casa más pequeña, que está entre dos árboles queriendo escaparse por el callejón, cansada de ser la menos importante del paraje. Rosa y blanca, poco atractiva, desconsolada porque quiere quedarse y parece que se va.

La casa de piedra es sólida, amarronada.  Con puertas y ventanas de madera añeja, endurecida por tantos años de vientos y agua que vienen del río.  Tiene una pequeña ventanilla alargada que parece espiar desde arriba de la puerta principal. Hay hileras de ladrillos en forma de arco que sostienen airosamente el piso superior. Techo de tejas que merece más cuidado y un farol amarillo que se quedó con las ganas de estar en la esquina.  Toda la calle es de adoquines a la vieja usanza colonial, dispuestos según los planos  a recorrer, que juegan con las sombras de los árboles creando figuras cambiantes y tornadizas como la vida.  Me imagino una serie de personajes de otros tiempos pasando por el lugar, saludando con un gesto cortés, procesiones llenas de piedad y recogimiento.  Una pareja de novios que se van de la fiesta para empezar su propia fiesta en el sulky adornado con guirnaldas y una novia que saluda sonriente mientras oculta todas sus confusiones y sus temores.  Y niños de pantalón a la rodilla, medias tres cuartos y polainas, jugando con los aros de una época que se quedó en otra dimensión y no vuelve.  No vuelve porque cada tiempo tiene el suyo y lo que nos dejan es, solamente, los encantos de los recuerdos ajenos y las ilustraciones de lo que más nos gusta.

De esa casa, alguien se fue.  O yo imagino que se fue.  Miró alrededor, la sala abovedada, el pasillo con damero y los grandes armarios con candelabros, se dio vuelta para fijar en su memoria el patio luminoso con el aljibe, y se fue.  Dejó atrás una vida.  Se fue.  Con su partida cambió un pasado que, seguramente, no quería.  Miró para atrás a quien lo despedía y con lo que le quedaba de compasión dijo:

“Vuelvo enseguida”.

Tal vez, digo tal vez porque no quiero angustiarme demasiado, era joven, tenía la temeridad de los que han vivido poco.  Se le notaba en la frase.

“Vuelvo enseguida” Dispongo del tiempo.  Determino el curso de lo que vendrá. Mando, resuelvo, abandono. Salió creyéndose valiente pero ya había sido vencido.

La vida se nos hace, a veces, demasiado rigurosa y tendemos a escaparnos.  Los otros se nos hacen, a veces, demasiado rigurosos y tendemos a abandonarlos.  Nosotros mismos, buceando en las insondables profundidades del alma, a veces, nos asustamos y queremos huir.  Solamente deberíamos aprender que abandonando lo otro dejamos pedazos de nosotros mismos y que no hay vuelta posible.

Jirones de vida dejados en la casa de piedra marrón.  Pedazos  de sentimientos, de emociones, de instantes.  La casa de piedra marrón somos nosotros mismos, lo que somos acá adentro, en lo más profundo del alma y tendemos a desconocernos, de pronto, al acaso, cuando la vida parecía tranquila y juiciosa.  Nos preguntamos:

¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi vida? ¿Qué pasa?

Un “Qué pasa” confundido, ajeno, sin salida.  Entonces tendemos a irnos y pensar y decir, obcecados y convencidos:

“Vuelvo enseguida”.

Sin saber, ni medianamente, que jamás volveremos.  Ése es el momento más importante de nuestra vida.

Hasta entonces hemos ido decidiendo según lo que se presentaba.  Construimos una historia con la pretendida idea de que lo hacemos con la mayor libertad. Pero no, nuestra mejor condición humana es que crecemos en racimos, juntos y amontonados por la vida.

Un poco nosotros, un poco los otros y la vida omnipotente sobre todos ha ido tramando cada destino. 

Al principio el mundo nos pertenece.  La malla es apretada, no deja rendija para que pase lo que no queremos. Pero dura poco.  Con el tiempo aprendemos que más y más necesitamos, esperamos, sacamos de los otros.  Que la vida es inapelable. Cuanto antes lo entendemos, es mejor.

Y nos vamos a vivir en una casa de piedra marrón con laureles blancos y rosados, bellísima, misteriosa, que parece eterna.

Es la más bella de la cuadra.  Tiene patios de glicinas, pisos de madera que crujen siempre con el mismo tono, galerías y atardeceres de licor y mantel de encaje.

A veces se hace inhóspita, otras nos lleva al colmo de la alegría, pero está allí, ella y nosotros en ella.

Hasta que no siempre aunque casi siempre nos pasa a cada uno de nosotros, viene, de repente y sin motivo, la angustia.

¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi “verdadera” vida?

Lo único que queremos es huir.  Tomar la calle de adoquines viejos y salir del cuadro.  Desaparecer, desconocer, buscando al otro que soy yo pero en otro lado.

Como somos humanos y vulnerables decimos, aunque no lo digamos ni lo pensemos:

“Vuelvo enseguida”.  Sin saber lo que pasará en el futuro.

La vida imprevisible y repentina nos ha puesto en un borde del camino.  Queremos irnos desconociendo lo más seguro que tenemos, lo absoluto de ser quienes somos.  En aquellos momentos no pensamos que nos vamos pero que nos llevamos a nosotros mismos puestos.  Acarreamos nuestros recuerdos, las verdades y lo otro, las decisiones, los amores, las traiciones, la historia grande y la pequeña.

Creemos que irnos es no perder esto ni lo otro. Creemos que volver es apretar en un puño lo que tuvimos y usarlo para lo que venga.

Alguien nos dice con la voz quebrada:

“No te pierdas”.

Allá vamos cargando con nosotros mismos, creyendo que abandonamos la casa de piedra marrón con el farol y los laureles. Pero nos llevamos todo puesto.

Lo mejor sería saber de verdad quiénes somos, reconocer la realidad con los otros.  Con los que queremos y los que no queremos, aceptar que son parte de nuestra historia y de nuestro destino.  Lo mejor sería convencernos de que debemos irnos sin confusiones.  Lo mejor sería darles a los otros el lugar que deben tener en nuestra decisión.

Después, resolver con total libertad, quedarnos porque no podemos vivir partidos o irnos porque no podemos vivir sin reconocernos.

Quedarnos a rehacer lo que no nos gusta, mirar de verdad a los otros, a los que amamos o hemos amado, porque sabemos que ellos son inevitables en nuestra historia.

O irnos porque los amores se apagaron, los tiempos han cambiado y el sendero está lleno de esperanza.

Quedarnos porque lo que nos pasa también pasará y volveremos a encontrarnos a nosotros mismos.  Irnos porque ya no somos los mismos.

Lo importante es saber lo que dejamos y lo que buscamos.

Lo importante es no creernos que volveremos enseguida.  Ni que la casa marrón estará allí para recibirnos.  Más bien irá desapareciendo en la bruma que el tiempo pasado suele acumular cuando estamos cerca del río.

Lo importante es estar preparados para lo que viene.  No lastimar sin necesidad a los otros.

Lo importante es  saber descomponer y volver a armar el sentido de nuestra propia vida.  Aceptar la parte del todo que nos corresponde y aquello que dejaremos para nunca recobrar.

Si me voy tengo que decir “Adiós” para siempre.  Sin pensar que todo siga igual.  Dejaré pedazos de mí y me llevaré pedazos de mi historia.  Más que recuerdos son pedazos.  Caminaré por el zaguán de damero blanco y negro, saldré a la calle y sin decir nada, me voy.  No hay vuelta.  Y cuesta mucho.  Cuesta la vida entera.  Es lo único que cuesta la vida entera. Desconocerse, partirse y volver a juntar la vida.  Se hace contando con los demás pero es la tarea más solitaria del mundo.

La casa de piedra marrón está en una curva de la calle, tiene laureles que la adornan y adentro una historia y soy yo misma. Soy yo mismo y me reconozco.  Imposible no reconocerme.

Antes de partir la recorro, espero que sea una tarde de sol y colores y aprovecho para recorrerla.  La miro con amor, me miro con amor.  Paso mis dedos por el mueble colonial, enderezo el cuadro de marco rojizo.  Camino por la galería perfumada y me lavo la cara con el agua fresca del aljibe.

Me siento en el sillón de paja amarillenta y me hamaco suavemente hasta que duermo.  Cuando me despierto,  recobro todo lo que era y lo que soy.   Empiezo a entender, me perdono, me escucho.  En el lugar más recóndito y silencioso de la casa me veo de nuevo.  Me conozco de nuevo.

No me voy, no me creo que puedo “volver enseguida”.  Me quedo.  He decidido quedarme.

La siesta se descompone en otra tarde fresca.  Mi amigo y yo nos vamos.  Nos vamos del paraje real caminando por la calle de adoquines que dobla entre laureles y faroles.  Ha sido un sueño de verano.

Vuelvo corriendo para atrás y todo ha desaparecido.  El paraje es nuevo y sugerente.  Suerte que saqué la foto.  Suerte que tengo mi propia casa de piedra marrón.  Suerte que suerte la vida que se me ha regalado.  Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van Tramando- El paisaje inmóvil

10 Dic

Hilachas que van  tramando

El paisaje inmóvil

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Se ve el río color de león que parece que no tiene otra orilla.  Siempre quiso ser mar y casi lo logra con su inmensidad altanera, pendenciera y atrevida.   A lo lejos unas islas que se traga el horizonte, acá la playita de arenas muy finas y casi blancas.  Una lomada de yuyos que se esconden a la sombra del árbol quieto.  A la izquierda se asoma un resto de roca cubierta de vegetación más oscura.  El agua se va acercando en un movimiento ondulante que ayuda a la sensación de abandono.  Todo está quieto, todo murmura y está quieto. Como pasa a veces con la vida.  Soy una espectadora habitual y silenciosa del lugar pero esta vez no se siente la belleza agreste y el sonido de los pájaros.  Esta vez la imagen se detuvo, su belleza entró en un ámbito de ensueño como si fuera y viniera por el universo, parte del todo y todo junto, lo único que existe y lo más cercano.  El apagón y el espectro  marrón del desconsuelo.  Como a veces la vida.

Me voy dejando caer a la sombra del árbol retorcido y me dejo llevar por una hilera infinita de pensamientos.

A veces nos pasa que nos asomamos a un hueco silencioso en el que van cayendo todas las emociones y las sensaciones que nos permiten estar vivos.  A veces no sentimos ninguna motivación y sí un cansancio interminable.  Las cosas y las gentes se van alejando como si fueran a perderse en el espacio y es ese mismo espacio que va a tragarse todo nuestro espíritu.  Como si voláramos por el Universo para ser un punto chiquito allá abajo, adonde no parecemos ser nada.  Y vamos y volvemos pero con un desconsuelo neutro y complejo que es mucho pero mucho más grande que uno mismo.  Todo nos es ajeno.  Son tiempos en los cuales seguir la rutina de nuestra vida nos deja agotados, encerrados en un cono de sombras que solamente se olvida mientras dormimos.  Hay desgano, confusión y una tentación enorme de no volver nunca a la normalidad que conocemos, como si en ella fuéramos a encontrar a un extraño inquieto y malévolo.  Se bajan los sonidos, se atenúa toda nuestra necesidad de estar con aquellos a quienes amamos; nos molesta su indiferencia producto de que no saben lo que nos está pasando.   De cualquier manera jamás lo contaríamos porque es parte de ese mundo personal, hermético y profundo que nos hace diferentes.  Son tiempos ingratos en los cuales hasta Dios resulta demasiado poderoso.

Muchas veces este estado repentino y agobiante aparece en momentos de normalidad, cuando no tenemos batallas que pelear por esas cosas que tiene la suerte cuando viene embarullada.   Es un estado como ajeno, nos perdemos de nosotros mismos.  Nos vamos.

Otras se agrega al dolor de algo que nos ha pasado, que nos está pasando.

Finalmente todo termina o todo quiere terminar y empezamos a empujar la vida con el pretexto de que esa tristeza no tiene razón y no tiene motivo.  A veces eso es lo que conviene y a veces deberíamos quedarnos un rato en la banquina para que el orden y la armonía regresen a nosotros, solos, por su propio peso, porque de eso está hecho el universo.

De pronto un día el paisaje se llena otra vez de sonidos y colores.  Nos despertamos con deseos de sabores y olores placenteros.  Tenemos ganas de festejar y respiramos profundamente, sonreímos a la vista de todos, nos llenamos de esperanza, de fe, de apetencias.  Querríamos poseer todo, lo que conocemos, lo que no conocemos y hasta lo que no sabemos que no conocemos.  El paisaje vuelve a su mejor aspecto.  El mal tiempo ha terminado y somos otra vez los mismos que siempre hemos sido.  Todo recobra un aspecto familiar y todos aquellos que amamos vuelven a ser nuestros amores y nuestros amantes.

Miro el paisaje habitual, y me pregunto qué ha hecho que en un tiempo vital se pierda uno de sí mismo, se angustie, se aleje, se desconsuele.  Y mientras el río sigue murmurando en su eterno movimiento siento que lo que pasa es que, cada tanto, nos aturde la realidad de un mundo que desconocemos, de tantas preguntas que no podemos responder.  De la vida y la muerte al mismo tiempo como misterios  que nunca hemos de resolver.  Somos vulnerables y estamos indefensos ante nuestra propia humanidad.  Somos finitos y fallamos.  Somos pequeños y no podemos decidir todo.

Dolores que prenden en el alma cuando el alma quiere doler.  Y después, cuando despierta, nos hacemos gigantes en nuestra esperanza, descubrimos que el dolor fue generando espacios de felicidad que vamos a vivir con toda nuestra energía.

Es cierto que cosas como ésta, que pasan cada tanto, nos dejan momentáneamente sin paz pero sin esta experiencia vital estaríamos incompletos.

Sigo el vuelo de una gaviota, miro el horizonte y me vuelven las ganas de sumergirme en el agua fresca porque todo el universo ha retrocedido hasta donde le corresponde estar.  Y, por mucho tiempo, no dejaré que vuelva a invadirme con su realidad de eternidades.  Vivo, estoy viva aquí, en el pequeño espacio de mi cotidianeidad, lo más tranquilizador que me pasa siempre.  La luz me cae en cataratas, sé que lo único que nos salva es el amor que nos tenemos unos a otros.  El paisaje, como mi vida, ha vuelto a serme familiar y confortable. El árbol  y el río me pertenecen.  He vuelto de lo desconocido y le doy gracias a Dios.  Le doy gracias a Dios.  Nadie sabe lo que me ha pasado pero una mujer joven en una pequeña moto me sonríe y saluda con la mano.  La saludo y camino hacia el agua dispuesta a gozar como si fuera lo único que voy a hacer el resto de mi vida.  Gozar y vivir, que, después de todo, ésa es la consigna.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

Hilachas que van tramando – Debería haber sido el primer artículo…

13 May

                          Debería haber sido el primer artículo…

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Por la posición en que está la bella casa del verano, con sus ventanales enormes y desde ellos el jardín que se va para la avenida solitaria, la luz dorada del atardecer entra, sale, se dispara hasta cada rincón y encierra el mundo entero que allí parece terminarse.  Hay un silencio de vasallaje, nada se mueve, todo es dorado y parece atesorar el impreciso tiempo de la vida; que yo, como todos, no conozco y a esta altura de mi propia vida no quiero conocer.  Todo resplandece y se compacta, no hay escapatoria. El instante fugaz parece eterno. Afuera la garza se quedó inmóvil. La luz va teniendo ya la categoría del oro puro, espesa y de reflejos apagados.

Siento una nostalgia como aquella que sentía cuando era muy joven y mi nostalgia no tenía justificación.  Todavía me faltaba vivir mi larga vida.  La tristeza, la exaltación, el desconsuelo, la esperanza, la felicidad, los sentidos afinados,  el esfuerzo desmesurado y el amor a gritos que duele y salva.  Todavía me faltaba vivir eso y más…

Pero soy la misma.  Aquello que yo sentía que me esperaba se desplegó ante mí durante los años que he vivido; y me sigo reconociendo.

Hilachas de la vida. Hilachas que fueron armando la trama. Hilachas que van tramando.

Pienso en mis hijos y en todos los jóvenes que conozco y me decido a contar.

Como no puedo resistirme al hábito de preparar mis tareas en forma ordenada uso las preguntas mágicas que siempre me ayudan en el arduo trabajo de dibujar los caminos.

¿Por qué?  ¿Para qué?  ¿Cómo?  ¿Con qué?  ¿Cuándo?  Y, sobre todo, ¿Para quién?

¿Por qué?

Porque tengo tiempo.  Porque tengo ganas.  Porque me parece importante, para mí y para otros.  Porque en este tiempo de desconsuelo generalizado en lo que se refiere al goce de vivir, la experiencia de alguien que ha vivido mucho y bien le puede servir a otros.

¿Para qué?

Para usar mi tiempo de una manera útil. P ara sacarme las ganas de hablar a calzón quitado en una sociedad que nos confunde con lo de “políticamente correcto” (que le hemos copiado a otras culturas) y que no tiene nada que ver con la desordenada verborragia que nos hacía decir siempre lo que pensábamos, aunque a veces pareciéramos burros, intolerantes, anticuados o desorbitados.  Para hablar sin temer a la intolerancia de los “amantes de la tolerancia declamada”, para quienes, por ejemplo, el amor para toda la vida es imposible, el amor entre un hombre y una mujer está pasado de moda, la fidelidad es cosa de otros tiempos, la palabra empeñada no existe más,  y otras sandeces que sostienen como barriletes desflecados. Para hablar de lo que pienso y exponerme a otras opiniones con el convencimiento de que puedo aprender algo nuevo.

Como a mi edad se han adquirido casi todos los derechos, me permitiré dejarme llevar por esta vocación coloquial y vamos a ir, mis sufridos lectores y yo, de acá para allá, pensando bien para no lastimar y hablando bien para encontrar un espacio serio de reflexión.

Enunciado ya con todo desparpajo lo volátil de mi pensamiento, empiezo por aclarar algunas cosas. De esta manera los que quieran abandonarme por no estar de acuerdo, lo hacen, quedarán ellos satisfechos y yo más liviana y desentendida de enfrentamientos. ¡Vamos a las cosas!  Un ejemplo, se impone un ejemplo:

Me gusta, he vivido, he aprovechado y aprovecho, he disfrutado y disfruto el amor entre un hombre y una mujer.  Cualquier otra elección entre adultos debe ser reconocida, aceptada y respetada para  aquellos que la elijan, pero no se me pida  que me entusiasme y, casi a la fuerza,  confunda estos temas con el de los “Derechos Humanos”.

Los derechos humanos tienen que ver con las personas y tienen tal importancia que exceden cualquier mirada parcial sobre ellos.  Ninguna persona puede ser perseguida, humillada, lastimada por sus ideas políticas, por sus creencias religiosas, por sus capacidades, por el lugar que le tocó en esta vida, sobre todo por lo que ella misma elija para sí misma.  Queda claro, queda bien claro:  le basta con ser una persona humana para que goce de todos los derechos que sólo se limitan con los derechos de los demás.

Lo que me irrita es que, últimamente, se nos escapa la trascendencia fundamental de algunos temas y los reducimos a unos pocos centímetros en el cuerpo humano.

Todo lo que sucede entre adultos y en la intimidad es solamente de ellos y nadie, nadie, puede siquiera opinar, mucho menos ofender o lastimar de ninguna manera.

Pero también todos los seres humanos tenemos el derecho de no ser ofendidos con la exhibición obscena de otras formas de vivir o de pensar.  Rescatamos el pudor, la sensibilidad, el compromiso, la fidelidad.  La vida íntima pero que sea íntima y, entonces sí, que cada uno pueda vivirla como quiera.

Porque creo eso y porque mis años me dan permiso para creer y decir lo que quiero, puedo decir que me gusta un cuerpo de hombre que se ancla perfectamente en el de una mujer.  Los huecos que se rellenan, la fuerza de uno que se abate en la blandura del otro.  Lo imperioso y lo tierno.  Las diferencias.  Amo las diferencias.  Grito que amo las diferencias en una cultura que nos tironea obstinadamente a la más desaforada chatura igualitaria.

Y éste no es el único tema. Es solamente un ejemplo de los innumerables temas que se discuten dejando en la “clandestinidad” a los que pensamos diferente.  En este mundo ¡Dios nos salve de los “desprejuiciados” tan prejuiciosos!

¿Cómo?

Como hice siempre todo, apasionadamente.  Para empezar serán hilachas que harán un libro.  Están destinadas a mis hijos, mis críticos más severos, después a todos aquellos que han seguido mis cursos y, finalmente,  a quienes quieran leerlo.

Con respeto porque no es el caso de que quiera convencer a nadie.  Con entusiasmo porque, en una de esas le ayudo a pensar a alguien.  Con alegría y decisión porque esos son dones que te tiene que traer  la vida cuando te saca la juventud.  Con toda la libertad del mundo porque ése es el regalo prodigioso que te dan los años cuando ya son unos cuantos.

¿Con qué?

¡Uy! Con todo lo que estudié, con todo lo que aprendí, con todo lo que me enseñaron mis mayores, con todo lo que me enseñó la etapa del mundo en la que me tocó vivir, con mis recuerdos, con lo que he leído, con las largas discusiones en las que otras personas me ganaron y me enseñaron.  También con las discusiones que comprobaron que yo tenía razón.  Con lo que lloré, con lo que sentí que tenía derecho, si lo conseguí o no.  ¡Con lo que me reí!  En fin, como la mayoría de la gente, tengo un enorme bagaje de conocimientos cuya medida fiel son los muchos años que he vivido.  Y es hora de que vaya compartiendo y recibiendo con toda libertad, sin tener que disculparme o disculpar a otros.

¿Cuándo?

Ahora, porque el tiempo tiene el valor agregado de haberme enseñado lo que es importante y lo que no.  Ahora que tengo todo el tiempo del mundo porque sé que lo pierdo en cualquier momento y le hago morisquetas porque ya lo usé todo lo que podía y lo que viene…es de regalo.

¿Para quién?

Para quienes estas reflexiones puedan ser útiles.  Porque considero que el mundo se ha transformado, en su conjunto, en una maraña de ideas que confunden.  Para los que están incomunicados en la era de la comunicación.  Para los que no saben qué hacer con su humanidad porque viven atados a algunos aparatitos.  Para los que por esos aparatitos reciben toda clase de información confusa, vertiginosa, irresponsable.  Para los que no han sido enseñados a rescatar lo verdadero de esa información.  Para quienes necesitan leer un ratito, pensar otro ratito, en silencio y tranquilos.  Para los que ya están cerrando el libro porque no les gusta.  Para mí, porque quiero aprender unas cuantas cosas que se me escaparon.

Me acomodo en el porche, tomo mi taza de té riquísimo y corto un trozo de budín de pan bañado en caramelo dorado como la tarde que se va yendo.

La receta era de mi abuela, posiblemente de otras personas.  Mía no es.  Como no es mío todo lo que escribo en esta columna.  Hice las preguntas y las contesté en nombre de todos aquellos que se las quieran hacer y contestar.

Porque inexorablemente todos los que llegamos a esta edad “provecta” (Uy! ¡ya!, cuando no me lo esperaba!) tenemos todos los derechos del mundo menos el de herir a nuestros semejantes.  Porque no quiero herir a nadie, ni enseñarle a nadie lo que no quiera saber.  Más bien quiero caminar a su lado y aprender sin agobios, porque la vida es hermosa y corta. ¡Salud!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – Tarde de Campo

28 Abr

Tarde de campo

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El paisaje es único.  La casa colonial está al final de un camino de unos cuantos kilómetros  que mezcla con lápiz fino los potreros, los arroyos y las sierras de distintas formas y tamaños. Para llegar hay que abrir tres o cuatro distintas tranqueras. Es de rigor, aparecen en un recodo o se descubren en el horizonte. Se baja otro, nunca el que maneja. En cada curva, cambia el paisaje y la luz que lo alumbra. Nos va dejando sin aliento. Venimos desde que éramos niños y nos va dejando sin aliento. Si llegamos de mañana estalla el sol por doquier y el paisaje es amigable, de colores, sereno. Si llegamos de tarde va cayendo una melancolía que apura el paso y tenemos ganas de escaparnos de esa enorme maravilla para aterrizar en la cocina campera con relumbrón y mate cocido.

La entrada propiamente dicha nos lleva al patio trasero de la casa por una avenida que mide algo así como doscientos metros. Es  un camino de tierra de unos doce metros de ancho, bordeado, de cada lado,  por dos hileras de abetos azules que se quieren tocar a cierta altura.  Serían demasiado imponentes para nosotros si no fuera porque antes del horizonte se van dibujando, a uno y otro lado del campo, las últimas estribaciones de las sierras que son silenciosas e imponentes pero declaman a viva voz su majestuosidad.

Vamos viendo laderas de colores verdes y marrones, animales que se juntan en racimos.  Vegetación cada vez más importante hasta que en el llano, aparecen los colores de la siembra amarilla y la casa que es enorme aunque parece pequeña en el paisaje.

Alli vive gente que queremos mucho.  De ellos me acuerdo esta tarde.

Estoy sola en casa, empiezo a sentirme inquieta.  Entro del jardín adonde estuve trabajando en los canteros y doy vueltas hasta que me siento a la computadora.  Tengo miedo, confusión, ansiedad.

La pantalla se me hace enorme y me quedo mirándola hasta que las cosas se van aclarando.  Me acuerdo de don Adolfo. Me lo contó una tarde de otoño, sentados los dos en la galería de baldosas con filigranas, bancos de plaza verdes y el cuadrado de pasto con los rosales de floración tardía.

“Me pasó hace muchos años. Yo había contratado a un administrador porque el trabajo del campo y los números juntos se me habían hecho pesados.  Quería alguien que entendiera de estas labores. Quedarme tranquilo, tenerle confianza, descansar  y, para qué decirlo, pagarle bien y que lo mereciera!

Este hombre llegó con muy buenas recomendaciones. Se me hizo familiero y simpático y las cosas se iban dando como yo había querido.”  Don Adolfo levantó la vista hacia el borde afilado de la sierra que está al lado de la casa, allí mismo adonde se ocultaba el sol y se veían los jinetes volver de la cabalgata. Sus figuras recortadas arriba  como sombras de un teatro chino, sus voces lejanas y el canto alargado de los benteveos que se iban a dormir- “Hasta que algo empezó a ir no tan bien. ¡Ya sabe! Alguna vaca que se fugaba por el cañaveral, las cuentas que se venían abultando y, algún que otro desconocido al que se contrataba para tareas ocasionales. Las cosas empezaban a no gustarme.”- Suspiró y apareció esa sonrisa maliciosa que solamente he visto en nuestros hombres campesinos, escurridiza como un rayo de luz,  que los pone más allá de cualquier pretendida picardía ciudadana.-“Empecé a repasar los números con más cuidado, me volví a subir a la camioneta a contar las vacas, revisé los contratos y me di cuenta de que el señor administrador estaba “refalando” en la tarea de administrar “mi” estancia.  ¿Sabe m’ija? Le di la oportunidad! ¡Bien qué se la di! Pero el hombre no entendió lo más importante de todo. Lo hablé con él un par de veces. Nada, la cosa seguía mal. Teníamos un contrato que yo quería cumplir porque, soy de otra clase! En cuanto se cumplió el plazo legal lo di de baja!»- Ya casi había llegado la noche, toda la familia se juntaba en la cocina atraídos por el olorcito de un guiso de cordero que se calentaba a leña, nunca supe por qué si se calienta a leña tiene otro sabor pero es así- “Lo último que le dije al hombre fue: “Yo hubiera aguantado que te quedaras con algo, y hasta me hubiera hecho el sonso si las cosas andaban! Pero…te olvidaste de que la Estancia era mía! Y parecía que te la querías llevar puesta! No. Era mía y sigue siendo mía. Yo elijo a los administradores y cuando termina el contrato se van, porque la Estancia sigue siendo mía!”

Nos quedamos en silencio hasta que nos llamaron a comer. Don Adolfo se levantó con la dificultad propia de un hombre de su edad, y, ya en la cocina, se sentó a la cabecera de la mesa. El lugar que le correspondía sin que nadie tuviera que declamarlo. La cena fue como siempre, buena compañía, buena comida y el señorío de los dueños de casa que hacen, naturalmente, un culto de la hospitalidad.

Me acuerdo de aquella charla y me voy sintiendo mejor.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Las cosas iban bien…

27 Abr

                                      Las cosas iban bien

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Trabajando en mi computadora veo reflejada una imagen en la que, difícil de creer, no había reparado nunca. Estoy en la casa de siempre y en mi escritorio. Contaba con imágenes que, por reflejo,  cambiaban constantemente en la pantalla y formaban parte de mis sensaciones sin que yo lo notara.

A mis espaldas está cerrada la ventana que da al jardín y lo que ella muestra es parte del techo del garaje, un arbusto que se asoma adelante, un árbol enorme,  la pared con la enredadera, la reja y otro techo de tejas del vecino además de una escalera exterior, más plantas y el paredón de ladrillos del fondo engalanado con una Santa Rita que puede ser centenaria y se ha apropiado de casi todo el paisaje íntimo del jardín de mi casa. Eso es lo que veo reflejado en la pantalla: mi ventana, mi jardín en ella; lo que tengo atrás pero que me enfrenta.

Todo un mundo escalonado en planos que seguramente he ignorado porque el brillo del sol molestaba y siempre me resultó cómodo entornar las persianas.

Hoy el cielo aparece con una tormenta inquietante e inevitable. Todo es color gris oscuro y todo está inmóvil esperando el estallido.  Lo primero que me impresiona es el silencio. Hasta los pájaros se han callado y vaya a saber dónde están ahora. Así me quedo yo. Esperando la tormenta mientras me  intranquilizan  esas imágenes que veo en la pantalla  de mi computadora.  El cielo se va poniendo más y más negro.

La visión es tan  imponente  como engañosa.  Me doy vuelta y miro directamente a la ventana. Lo primero que gano es el ordenamiento de los planos que, por el reflejo, se habían  mezclado  confusamente como si el árbol enorme se acercara peligrosamente a la ventana y los arbustos pudieran alejarse hacia la Santa Rita, cuyos colores habían empalidecido en los tonos desvaídos que la tormenta nos propone. Mirando de frente uno siempre se tranquiliza.  Hasta el cielo, oscuro, maligno, amenazante, se aleja un poco hacia el cielo verdadero, se hace menos pesado y el viento, que empieza a soplar, nos pide paso calladamente hasta que todo estalla.

Pienso y pienso. Me apoyo en el alfeizar de la ventana y se me ocurre que ver y conocer algo, no es lo mismo que entenderlo.

La vida nos tira cosas a las que parece que nos acostumbramos, y sí, debiéramos conocer. Nos lleva por senderos cotidianos, caminando junto a personas que amamos y viviendo situaciones que nos parecen amigables.  Pero de pronto entra un desasosiego, una extrema tristeza o un malhumor que sacude el ánimo.

La vida nos dará una lección porque las cosas iban bien y nosotros creíamos que iban mejor de lo que iban. Se impone pensar, escuchar a los otros, remover la tentación de lo cotidiano. Se impone el silencio para escuchar. Entre dos, entre todos los seres que amamos, a veces se impone remover la distracción de las palabras y dejar que escuche el corazón, transformando nuestro enojo, o nuestra tristeza y la confusión que ella nos produce, en las realidades de los otros.

Es el momento en que debemos conversar escuchando, en lugar de las palabras, las voces de las cosas que el otro representa para mí.

Y después de que el corazón ha escuchado, se impone la razón. El pensamiento disciplinado para escuchar y transmitir lo de verdad importante.   Acostumbramos buscar en el otro aquello que debilite su poder de resistir nuestra influencia. Somos pobremente humanos cuando se nos hace fácil opinar en la línea que sostiene nuestros deseos.

Estamos muy solos cuando vemos solamente el paisaje reflejado.  Hemos avanzado sobre la voluntad del otro para que siga escondido o dejamos que dominara nuestra voluntad de conocerlo. Hemos creído que somos lo que nos pasa. Contamos con la temida asistencia de la vida presurosa, bullanguera y precipitada que se hace cargo de nosotros y de nuestra felicidad, la del otro y la del universo en el que vivimos.

Empezaremos por los datos más obvios que proporciona la misma persona, aquello que está delante de nuestros ojos pero que,  confundidos por los detalles, no vemos, olvidando los tiempos que ha llevado  toda una vida para formar a ése a quien amo.   Hacer caso a lo evidente.

Descubrir que hemos creado cosas donde no había pero también donde no era necesario.

Saber primero y después comunicar.    Cambiar de un sopetón el “pues yo también quiero” por el “yo también te quiero”.

Creemos y creen ellos, el prójimo, que hemos  invertido mucho pero, en una de esas, todos hemos  seleccionando mal las prioridades.  Tal vez, digo tal vez porque no quiero lastimarme ni lastimarle con una pretendida y falsa autoridad en estas cosas de la vida. Solamente pregunto y pregunto y digo:” en este gran amor, en este proyecto magnífico que significó todos nuestros sueños y nuestros esfuerzos, tal vez, digo tal vez con la humildad del amante que ama, tal vez hemos levantado estructuras antes de que hubiera necesidades de ellas” Y después descansamos creyendo que estaba todo hecho. Y seguimos descansando de lo obvio,  porque el movimiento no permite la reflexión.

Aprecio mis momentos de tristeza porque se me aclaran muchas cosas cuando estoy triste.  Busco al otro, trato de conocerlo, aprendo de la generosidad como valor indispensable en el campo de los afectos. Y después, cuando todo ha pasado con la tormenta de mis emociones, de mis propósitos  y de mis amores, vuelvo a pertenecerme. Puedo volver a mi pantalla engañosa, retomar mi trabajo. Aplacar los temores de la soledad en la multitud. Sonreír.

Acordarme de cuando era muy joven y muy inocente de mis propios deseos.

Del desconocimiento a la duda, de la duda a la esperanza.

De la incertidumbre y la perplejidad, que nos vacían de certezas, iremos despejando el camino hacia una nueva persona con paisajes claros y bien definidos.

Una nueva persona rodeada de otras nuevas personas que son la sal de la única vida que viviremos.

La tormenta no ha pasado. El cielo sigue amenazador y empiezo a preguntarme como le habrá ido a mi familia recorriendo la ciudad en la tormenta.

He caminado caminos más difíciles y más confusos pero siento que hoy fui y volví hacia todos los paisajes engañosos de mi vida y volví para mirarlos de frente.

Empieza otra tarea.  Apago mi computadora,  me preparo un café bien caliente, con chocolate y canela, y me siento frente a la ventana en mi mecedora que cruje y cruje mientras miro la tormenta de frente.

Es una bella tarde de otoño.

                                                 PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Como quiero que me quieran

12 Mar

Como quiero que me quieran

foto bosque alemán

 

La tarde se presenta gris, pero un gris lavadito.  No sabemos en qué va a convertirse pero tiene que ver con mi estado de ánimo de los últimos tiempos. El haber tenido que pasar por una operación, y el consecuente reposo, detuvo la máquina tenaz  en la que se había convertido mi vida, tratando de conseguir todo lo que me parecía bueno, de disfrutar todo lo que se me hacía atrayente, de estar con aquellos que amo tanto  pero de una manera absoluta y, sobre todo,  ocupando los rangos que tengo y ostento en mi familia.

El reposo se convirtió, de alguna manera, en lejanía, porque aquellos que amo se dieron cuenta de que iba a aprovechar esta quietud para entrar en mis propios dominios;

y, entre otras cosas, con la excusa de que ellos están todos muy ocupados, que yo estoy debidamente cuidada y que alcanzaba con un tecito y un beso cariñoso, respetaron la orden implícita de dejarme sola conmigo misma, con la intuición de amor verdadero que me tienen; por el cual, a veces me dejan desprenderme de  ellos y entrar en las vueltas y revueltas de mi soledad .

Por eso, cada día se turnaban para estar un rato conmigo y el resto, ¡ale!, a tu antojo!  El único que está siempre es mi amigo. Pero él tiene su propia y rica soledad y sus tiempos. A los dos nos alcanza con saber que el otro está cerca, que compartimos amores y nos elegimos todos los días.

Bien desparramada en el sillón, al principio estuve desordenada y ociosa. No tenía ganas de leer, ni siquiera de pensar. La calma era igual afuera que adentro.  A tal punto había llegado que ni siquiera me inquietaba ese estado.  Al contrario. Había perdido el sometimiento acostumbrado que yo tengo cuando se trata de mi propia voluntad de hacer, y hacer, y sentir y  comunicarme y hacer. Llegó el cansancio más claro y determinante que se hubiera metido alguna vez en mi vida. Era raro y, sin embargo, tranquilizador. Era categórico y majestuoso.  Y yo lo sentía y lo observaba como si fuera ajeno, un ser distinto a mí que llenaba cada hueco de mí.  Difícil de explicar. Cuando lo intento me paso de un sendero al otro y dejo correr los dedos en la máquina para que las ideas se apropien de mis emociones y yo aprenda cosas nuevas e importantes cuando creía que ya no tenía muchas oportunidades de seguir aprendiendo cosas importantes.

De la nada total, considerando que los únicos acontecimientos eran comer, mirar la TV y dormir, pasé a un estado de bienaventuranza con imágenes interiores que me distraían del entorno. ¡Y no estaba tomando ningún medicamento!

La primera imagen fue un bosquecillo raleado pero familiar que, por capricho de mi imaginación he situado en algún pueblo del sur de Alemania.  Tal vez porque tenemos una anécdota muy graciosa en uno de esos lugares, una tarde de verano en la que nos perdimos en el medio del campo y, pasando por  delante de una granja aparecimos en un lugar al que bautizamos el bosque de Caperucita Roja, pero sin pretensiones de lobos.

Caminé por un sendero muy amigable, al costado de un río saltarín, pequeño  y presuntuoso que tenía mucha profundidad y poco ancho. El sol daba solamente sobre el agua y las riberas, ya que el bosquecillo estaba manchado de sombras muy agradables para reparo del calor.  Caminábamos o caminaba yo sola, pero tengo la impresión de que dialogaba con alguien, frases cortas, destinadas sólo a llamar la atención sobre diferentes colores, olores y chispazos de luz.

Detrás de un recodo del río, anticipando otra curva, donde los árboles parecían haber crecido en altura, había una construcción de madera, clara, manchada y muy vieja, que si me apuran un poco diría que  era amarilla y opaca.  Una casa desproporcionada en altura y con ventanas muy pequeñas. Después me di cuenta de que era un molino.  Enormes ruedas de madera engranaban desde la altura del techo hasta el cauce del río, en distintos planos y de distinto tamaño.  Se movían lentamente y llenaban el lugar con un sonido monótono salpicado de trinos de pájaros y del  suave eco de las plantas que se movían a destiempo.

El agua del río arrastró mi vida hacia las ruedas y moliendo, moliendo, se fue haciendo historia. Como la de todos.  Inevitable, precaria y sorprendente. Sin emociones y casi sin recuerdos aparece, relumbrando, el elemento más contundente entre todos los que han hecho que yo sea ésta y no otra.  ¡Hasta ahora no lo había reconocido!

Como casi todo el mundo me he pasado la vida buscando la aprobación, como mínimo y el amor como la aprobación absoluta, de los demás.  Eso hacemos todos. En mayor o menor medida.

He sonreído a extraños y explicado a otros no tan extraños, cosas que no merecían ser explicadas. Me he sometido a decisiones injustas y otras que me mejoraron como persona.  He cambiado de opiniones, insegura ante la convocatoria de otros. A veces eso ha sido bueno y, a veces, riesgoso.  No pude desarrollar acabadamente algunas de mis capacidades porque me retiré ante la mirada de los demás y, también, debo reconocerlo, crecí oportunamente hasta lo mejor de mí misma cuando los otros me aceptaron bien.

La necesidad de la aprobación de los demás, está implícita en una  escala infinita y variada que compone toda la trama del destino universal.

En esa necesidad todos somos actores y receptores.  Aprobamos y somos aprobados. Amamos y somos amados. Todos. Todos. Nunca sabemos quiénes son los otros hasta que sabemos cómo nos aprueban y cómo nos quieren. Nunca los otros sabrán quienes somos hasta que descubran lo mismo.

Todos somos sujetos activos y pasivos de esa misma necesidad de aprobación. Pero con matices que distinguen a cada hombre de los otros, a cada época de las otras.

¿De dónde llega el mensaje? De los primeros y más inmediatos actores de nuestra vida. ¿Los matices?  Hay quienes dan por descontada esa aprobación. Son aquellos que triunfan contra viento y marea. Los que en la cúspide del éxito dicen con toda naturalidad:

“¡Yo estaba seguro de que alguna vez iba a triunfar de esta manera!”  Y todos aprobamos como si éste fuera el bendito dueño de una profecía. Como si viniera de los dioses. Tal vez porque la única aprobación que necesitaron fuera la de esos dioses.

¿Qué triunfos?  Todos distintos. Algunos están anclados en el amor de la familia, otros vuelan a conquistar multitudes. En el rango más numeroso estamos los que vamos rebotando aquí y allá de a pedacitos de aceptaciones y amores.

Los últimos, los que nunca serán primeros, son los que no pueden caminar sin la aprobación de todos los demás. A los tumbos, sufriendo y haciendo sufrir a todos.

Pero todos queremos que nos quieran.

También cada uno de nosotros condiciona a los demás en esta tensión de voluntades que hacen el mundo para los hombres.

Cuando en la vida nos toca ser los actores nos hemos equivocado, a veces hasta tal punto, que no pudimos  reconocer en el enojo del otro, que lo único que esperaba de nosotros era nuestra aprobación o nuestro amor según fuera el grado de relación que teníamos.

Unos con otros y de otros. Desde el Génesis. Desde el Padre. Desde nuestro padre y desde cada uno de nuestros semejantes. Aprobamos y somos aprobados. Nos aman y amamos. Con heroísmo, con displicencia, con inseguridad y con señorío. Con generosidad y con alegría.

Sigo el curso del río y llego a las piedras que fueron moliendo mi vida.  Algunas cosas las hice bien, otras no tanto.  De mis fracasos tengo toda la culpa si  fracasé cuando no terminaba de estar convencida  de mis habilidades y dudaba de mis derechos porque la no aprobación de los otros me paralizó hasta el silencio. De mis éxitos también la tengo, porque escuché la aprobación de aquellos que valía la pena escuchar y aprendí, algo aprendí de tantas confusiones. Sigue la molienda y el sonido rumoroso del río.

¿Cómo quiero que me quieran?  ¡A esta altura de mi vida! Ya no de una manera especial. Quiero que me quieran con toda libertad; que me quieran porque sí. Quiero que me quieran los buenos. Los que me puedan enseñar, porque todavía tengo mucho que aprender.

Quiero que me quieran los que todavía valoran mi propio cariño hacia ellos.

No quiero que me quieran los extraños, los soberbios, los prejuiciosos, los injustos, los mentirosos.

Después de todo ya tengo todo el derecho de elegir.

El río sigue corriendo, el tiempo es infinito y corto.

Me quedo entre dormida hasta que me despierta mi amigo que viene silbando bajito por el sendero que cruje, como si hubiera escuchado mis pensamientos y estuviera de acuerdo en todo.

Le sonrío y le digo que lo amo con todo mi corazón y él me pone cara de  “¡¿qué te pasa calabaza?!» Que es un viejo código familiar.

Nos quedamos en silencio mirando correr el agua hasta que la noche tiende un manto de quietud sobre la Creación.

JUSTICIA PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.