Hilachas que van tramando
Contemos un cuento
El cuento mágico
Todo sobrevive a cada una de las muertes. A la de Jacinto con su gesto malicioso de mulato genial y también a la de Amparito aunque mucho tiempo después ella seguía bajando las escaleras del salón mientras los postigones de hierro golpeaban tantanes de viento suelto en cada recoveco de la casona. Cuando ocurrieron las muertes había fragancia de magnolias en el jardín y el verde oscuro de las hojas acolchaba las sombras donde los niños respirábamos agitados entre el miedo y la seducción.
La abuela Eloísa me había contado tantas veces la historia que siempre podía olvidarla segura de su recreación. Mi abuela me enseñó que la vida es la conjunción de todos los momentos comprendidos, los nuestros y los otros. Los que vivimos y los que nos contaron siempre que los hayan contado muchas veces y siempre con referencia a nuestra propia vida.
Yo era muy joven y estaba ansiosa por alejarme, quería ser famosa para lo cual me había ido a Albi, a vivir en un cuartito de sol con la ventana llena de malvones. Allí escribía historias que me parecía que abarcaban la historias de todos los hombres, mientras que la de Amparito y el mulato ya no les pertenecía a ellos, era de la abuela Eloísa y de mi niñez absorta sentada en el escalón de madera, tratando de descubrir, una vez más, el agujero oblicuo de la bala que no mató al mulato, porque las que lo mataron se las llevó puestas con él hasta la eternidad.
En Albi me propuse aislarme del presente y meterme de lleno en la Edad Media. Escribía con furia y sin parar desde el amanecer hasta media tarde. Historias que no me pertenecían, que ni siquiera me emocionaban. Después dejaba el cuartito de un tercer piso, bajaba corriendo las escaleras muy viejas de madera, que ya estaban torcidas y astilladas y me iba por la callecita empinada que bordea la plaza. Terminaba sentada delante de la estatua de Santa Cecilia, aislada del mundo en la Catedral, entre la belleza y la opulencia.
En aquella época la historia más vieja que me habían contado se me olvidaba y me dejaba en paz para quedarse en las galerías veraniegas de pisos de rombos blancos y negros, con sombrillas de encaje y vestidos de seda revoloteando por las vereditas alrededor de la casa colonial, y el licor de durazno servido en la sala grande, mientras el padre y la madre de Amparito veían crecer a sus seis hijos varones y a la niña de sus amores. ¡Tan tranquilos e inocentes de sí mismos que se me hacen una estampa de sonrisas suspendidas al sol!
Todo había pasado muchos, muchos años antes de que yo naciera y por eso me sentía a salvo pero todo podía volver a golpes de recuerdos que me traían la frase repetida y hermética de la abuela: -“Esta historia todavía no se acabó”-
Un día porque la penumbra interior me había hecho sentir algo inquieta, salí de la Iglesia antiquísima buscando los relámpagos del sol sobre las piedras de las calzadas sin veredas, flanqueadas por paredes altas que tenían muy pocas ventanas y se juntaban en el cielo. Ni siquiera me sorprendió verlos al final de la callejuela. Allí estaban. La niña frágil y el mulato de bronce mojado que la ultrajó la noche de las fogatas. Los dos iban muy seguros de su existencia, juntos y entrelazados, saltando de la luz a la sombra en un juego bellísimo, lejano y silencioso. Me habían mirado y sonreían. Allí estaban, los dos y yo con ellos.
Bajé la plazoleta, perdí un poco de tiempo bajo la sombrilla reparadora sentada en la silla de lona verde. Quise ignorarlos, hice como que no los veía, cerré los ojos pero me enredé con ellos y me dejé llevar hacia los recuerdos de cosas que ni siquiera había vivido.
Dicen que el mulato llegó a la casa cuando Amparito tenía dieciséis años. Él era un poco mayor, fuerte y sano, con la piel lustrosa como la madera del árbol que sombreaba la ventana del cuarto de la niña. Trabajaba con entusiasmo en sus labores. Feliz, tal vez, porque era tan joven y disfrutando de todo lo que fuera pura sensación sin reflexiones que lo llevaran a renegar de su esclavitud. El cuerpo duro y grande que no parecía caber en sí mismo, tal era el gozo de moverse al sol, abajo, arriba, abajo, arriba, con el sudor que lo llenaba de oro finísimo corriéndole por el pecho y la espalda hasta la entrepierna y las nalgas y se le hacía surcos en los pies desnudos, deformados y resecos de barro.
La niña Amparito ni reparaba en él. Hasta que lo vio un día que él se dejó ver o que se exhibió para turbarla y caminaba despacito delante de la galería sombreada, moviendo todo lo que se le movía, cadencioso y tibio, como desganado. Con los ojos bajos pero atento al reto fácil de la lujuria, altivo y tentador.
Amparito parecía no verlo pero él ya la tenía retenida en cada visión de la casa grande. La evocaba, cuando amanecía, al compás de los pasos arrastrados en la tierra, con los cuerpos negros y calientes de lechos mezclados. Al sol y al trabajo fuerte en cada levantada de cabeza de las tardes de enero.
Y una noche cuando subía las jarras de agua, porque Tomasa estaba ocupada o enferma, Jacinto vio el camisón de puntillas sobre la cama en la colcha roja de terciopelo pesado y se quiso imaginar la piel blanquísima con el contraste violento de su sangre. La historia empezaba a correr sin ellos en un tiempo que sería de locura y violencia.
Se contaba que Jacinto, caliente de fogatas y rituales subió a los saltos la escalera, llegó hasta donde estaba ella y le estalló allí mismo, sobre el piso de madera sin atreverse a la cama que era cosa de señores. Y la amó hasta la muerte, sabiendo que ella no podría aceptarlo. Cuentan que la lastimó con su violencia y va creciendo una memoria ausente de verdades, sin nadie para defenderlo. Cada vez más culpable y más cruel. Solo.
Yo recordé todo aquella tarde en Albi cuando los vi alejarse apretados y luminosos frente a la torre de ladrillo cubierto de enredaderas en los callejones del Museo. Entonces supe que debía volver.
La casa estaba casi vacía. ¿Quién iba a habitarla? Era muy cara para quienes la compraran y resultaría un magro beneficio para los herederos. Por eso optaron por repartirse algunas cosas y dejaron otras. Todo tenía el sello abismal de generaciones de mi familia viviendo unos tras otros, como si se repitieran en espirales de tiempos idos y repetidos siempre cerca aunque hubiéramos recorrido enormes distancias.
Aquella noche el mulato había bailado alrededor de las fogatas al compás de los tamboriles con el ritmo de la sangre africana. Amos y sirvientes formaban figuras que se desdoblaban en las luces y sombras del fuego para moverse a tiempos distintos y a otros sones como eternidades de instantes superpuestos que eran rojos, dorados, marrones. La noche traía ruidos y voces apagadas cuando las parejas desaparecían para el último rito de muerte y resurrección creado para cada uno de ellos hasta el final de los tiempos.
La abuela Eloísa me lo contaba todo, durante las noches de mi infancia campesina, con su voz ahondada en el horror de saber lo que vendría después,
Jacinto había desaparecido en el granero, envuelto en las polleras acampanadas de Martina, abrazado a ella, juntos en el color de la piel y en el deseo como una figura mágica que llevaba en sí vaya a saber qué claves de la vida.
Al amanecer todo pasó rápidamente. Se mezclaron los gritos y el ruido de dos tiros que venía desde la casa. Cuando todos corrieron vieron a Amparito parada en lo alto de la escalera, temblando violentamente mientras sostenía con las dos manos el arma y con los ojos al mulato que se iba deslizando hacia el piso inferior con la cara crispada, pidiéndole ayuda, sucio de mujer y de sangre joven.
Después el viejo Simón le cerró los ojos con toda delicadeza y ayudó a componerlo para el velorio, penándose de un cuerpo tan joven y tan muerto, como si él hubiera podido aprovecharlo o como si Jacinto hubiera sido para todos los hombres de la estancia, la única vida y el único gozo de vivirla.
Entre cabeceos y susurros le dijo a la Tomasa que hipaba subiendo y bajando los senos magníficos en un llanto que no contenía:
-”¡Mismito te digo que lo tenía en los ojos! Esperaba ver al ángel y vio al demonio!” -Se santiguó-“ Vio al demonio, Tomasa¡” «Qué pena de hombre muerto!”-
Alguien le sacó el arma a la niña. Le costó mucho trabajo porque ella la apretaba contra su pecho y era toda ausencia y desesperación. Después la acostaron bien arropada y, casi en sueños, al atardecer del día siguiente la llevaron a la ciudad, para que no volviera nunca. A la casa o a la inocencia que se le había quedado trabada la noche del fuego.
Yo volví. Quise abrir las ventanas para que la luz de la luna invadiera todo y la luz me iba cambiando la vida por las vidas de la casona eterna. Subí la escalera, admirando como siempre el vitreaux que lucía esplendoroso en el primer descanso que daba al parque. Todavía podía volverme a Albi, a mi plaza y a mi cuarto de sol. Todavía me alcanzaba el tiempo para mis relatos de la Corte de Leonor de Aquitania y el rey que la volvió loca de amor. Pero Amparito me estaba esperando para terminar la historia. Me quedé. Recorrí un cuarto y otro, toqué cada mueble y enderecé el cuadro del tío coronel. Abrí al acaso un cajón y el armario del pasillo donde la abuela guardaba las antiguas sábanas con puntillas de bolillo, hasta que llegué al cuarto de terciopelo rojo.
El silencio era denso y enmarañado. Allí estaba ella, me esperaba junto a la ventana alumbrada por la luz diabólica de las fogatas. Nadie me creyó después, cuando el sol volvió a salir y terminó la magia. Pero ella estaba allí. Fuerte en su deseo del hombre al que venía descubriendo desde su infancia larga de los hermanos varones que le ocupaban toda la vida.
Había espiado al mulato, lo había seguido desde la ventana de visillos, por el jardín y la galería. Lo olía mezclado con el aroma de las magnolias y el pasto húmedo. Y fue tras él hasta el granero, tras él y Martina con su imagen turbadora de las polleras al vuelo, la risa y el murmullo cómplice de un placer adelantado en bellos cuerpos que se tocaban explorando huecos y redondeces. La negra con la cabeza apoyada en el hombro de Jacinto, en un abandono total y él, con su mano grande le ceñía la cintura, apretaba las nalgas con el cuerpo tenso como un arco, saliendo para afuera, notable el deseo en un perfil de fuerza que quería ser aniquilada.
Amparito los siguió, espantada de celos y jadeando con ellos en las sombras. Apretando los puños sobre su boca distinguía el movimiento de las piernas entrelazadas, mezclas de plata y barro sobre el suelo desprolijo que crujía. Escuchó susurros y gemidos en un juego alucinante que no entendía bien, hasta que Jacinto levantó la cabeza como si quisiera volar y gritó en la entrega cayendo sobre la mujer que lo vencía. Como si la muerte y la vida se mezclaran para siempre. Después los dos se quedaron quietos mientras afuera el mundo se recomponía con todos sus ruidos y sus olores.
Volvió el frío y también los cantos que se iban callando en la noche, mientras las fogatas se apagaban una a una. Los bichos en el jardín y los pasos lentos de algún mulato viejo fueron sonando hasta que se hizo el silencio.
Amparito, perdida en sus emociones se alejó lentamente del granero y atravesó el parque lleno de sombras. Iba encorvada y sollozando. Un cuerpo andando en el espacio fino de la noche, un deseo desconocido que se metía dentro suyo. Hasta que todo parecía sucio y blando y resignado y final. Su propio misterio la asustaba. Me lo contó esa noche que yo volví a la casa y antes de que saliera el sol que terminó con la magia; apoyada contra la ventana con los ojos fijos en el fuego lejano. Y yo la entendí. Porque me dolían mis preguntas y sus razones. Quise tocarla para darle algún consuelo pero la luz de afuera la aislaba de mí y el tiempo nos separaba a las dos.
Aquella mañana tan lejana, Amparito compuso su aspecto. Se lavó con todo cuidado y agregó agua de azahar en el enjuague de su piel blanquísima, después sujetó el pelo dorado en lo alto de la cabeza con un moño color malva atado al descuido y mandó al mayor de los hijos de Tomasa a buscar a Jacinto.
El sacrificio fue consumado desde lo alto de la escalera, mientras el sol creaba vida de todos los colores atravesando el ventanal con flores y pájaros con arabescos interminables. Jacinto levantó la cabeza alertado por el movimiento de la luz en lo alto cuando ella apretó el gatillo una y dos veces. Lo último que vio ojos casi violáceos muy grandes y la venganza como una forma de justicia de clases y de hombres y mujeres que viven las mismas emociones en mundos diferentes.
Ella me lo dijo mientras lloraba sin consuelo:-“Él jamás me había mirado ni me hubiera llevado al granero. ¡Nunca me tocó! Él quería a Martina, andaba siempre detrás de ella como un animal en celo. Una vez lo retuve a la hora de la siesta porque sabía que iban a encontrarse río abajo pero yo le hablé de cosas del jardín y él, impaciente, sin embargo bajaba la vista a los pies sucios de barro, sin moverse y sin escucharme, hasta que el deseo se le hizo sudor en la piel y, cuando ya asqueada lo dejé, corrió hacia el río. Se jugó la vida enancado en una negra”- Me miró con sus ojos antiguos como los de una reina- “¿Crees que yo podría perdonarle todo aquello? ¡No! ¡No tenía derecho a despreciarme de esa manera!”-
Jacinto había estado solo para morir. Anónimo, con su mirada asombrada, sin consciencia de sí mismo o de la historia grande de los hombres o del Dios tremendo que lo hizo hermoso y viril y le encendió el deseo de Martina.
Yo aprendí la historia. La absolví a ella de su tremendo pecado y a él el haber nacido cuando no debía.
Los absolví a los dos de los tiempos ajenos con sus lazos de encaje y sus negaciones. Le prometí a ella contarlo una y otra vez hasta que nadie dijera que el negro Jacinto la había ultrajado una noche de baile y fogatas.
Me quedé a vivir en esta casa vieja. La familia está contenta porque pueden venir de vacaciones y encuentran las cosas dispuestas para ellos. Yo espero paciente y los recibo con todo tipo de atenciones. Veo a los chicos andar a caballo o jugar con los perros que ya no son tan salvajes. El sol entra por todas las ventanas que ni me molesto en cerrar. La casa vive.
Hasta que el último de ellos haya creído la verdadera historia de Amparito y Jacinto debo quedarme a contarla una y otra vez. Aunque ahora sospecho que no terminan de aceptarla porque esa es una manera de retenerme aquí para que cuide de ellos y de sus vacaciones.
Por eso, en cuanto junte voluntad me iré. Alguna noche de fogatas. Voy a despedirme de todos, especialmente de los que ya no están y volveré a Albi, a mi cuartito soleado. Caminaré el sendero del río ajeno y escucharé otras voces. Y después de cada invierno me tiraré al sol abierta solamente al placer de sentir placer, para que la vida me regocije.
Alguna vez, cuando junte voluntad. Cuando pueda.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

