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Hilachas que van Tramando – Contemos un cuento – El Cuento Mágico

18 Nov

Hilachas que van tramando

Contemos un cuento

El cuento mágico

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Todo sobrevive a cada una de las muertes.  A la de Jacinto con su gesto malicioso de mulato genial y también a la de Amparito aunque mucho tiempo después ella seguía bajando las escaleras del salón mientras los postigones de hierro golpeaban tantanes de viento suelto en cada recoveco de la casona.  Cuando ocurrieron las muertes había fragancia de magnolias en el jardín y el verde oscuro de las hojas acolchaba las sombras donde los niños respirábamos agitados entre el miedo y la seducción.

La abuela Eloísa me había contado tantas veces la historia que siempre podía olvidarla segura de su recreación.  Mi abuela me enseñó que la vida es la conjunción de todos los momentos comprendidos, los nuestros y los otros.  Los que vivimos y los que nos contaron siempre que los hayan contado muchas veces y siempre con referencia a nuestra propia vida.

Yo era muy joven y estaba ansiosa por alejarme, quería ser famosa para lo cual me había ido a Albi, a vivir en un cuartito de sol con la ventana llena de malvones.  Allí escribía historias que me parecía que abarcaban la historias de todos los hombres, mientras que la de Amparito y el mulato ya no les pertenecía a ellos, era de la abuela Eloísa y de mi niñez absorta sentada en el escalón de madera, tratando de descubrir, una vez más, el agujero oblicuo de la bala que no mató al mulato, porque las que lo mataron se las llevó puestas con él hasta la eternidad.

En Albi me propuse aislarme del presente y meterme de lleno en la Edad Media.  Escribía con furia y sin parar desde el amanecer hasta media tarde.  Historias que no me pertenecían, que ni siquiera me emocionaban.  Después dejaba el cuartito de un tercer piso, bajaba corriendo las escaleras muy viejas de madera, que ya estaban torcidas y astilladas y me iba por la callecita empinada que bordea la plaza.  Terminaba sentada delante de la estatua de Santa Cecilia, aislada del mundo en la Catedral, entre la belleza y la opulencia.

En aquella época la historia más vieja que me habían contado se me olvidaba y me dejaba en paz para quedarse en las galerías veraniegas de pisos de rombos blancos y negros, con sombrillas de encaje y vestidos de seda revoloteando por las vereditas alrededor de la casa colonial, y el licor de durazno servido en la sala grande, mientras el padre y la madre de Amparito veían crecer a sus seis hijos varones y a la niña de sus amores.  ¡Tan tranquilos e inocentes de sí mismos que se me hacen una estampa de sonrisas suspendidas al sol!

Todo había pasado muchos, muchos años antes de que yo naciera y por eso me sentía a salvo pero todo podía volver a golpes de recuerdos que me traían la frase repetida y hermética de la abuela: -“Esta historia todavía no se acabó”-

Un día porque la penumbra interior me había hecho sentir algo inquieta, salí de la Iglesia antiquísima buscando los relámpagos del sol sobre las piedras de las calzadas sin veredas, flanqueadas por paredes altas que tenían muy pocas ventanas y se juntaban en el cielo.  Ni siquiera me sorprendió verlos al final de la callejuela.  Allí estaban.  La niña frágil y el mulato de bronce mojado que la ultrajó la noche de las fogatas.  Los dos iban muy seguros de su existencia, juntos y entrelazados, saltando de la luz a la sombra en un juego bellísimo, lejano y silencioso.  Me habían mirado y sonreían.  Allí estaban, los dos y yo con ellos.

Bajé la plazoleta, perdí un poco de tiempo bajo la sombrilla reparadora sentada en la silla de lona verde. Quise ignorarlos, hice como que no los veía, cerré los ojos pero me enredé con ellos y me dejé llevar hacia los recuerdos de cosas que ni siquiera había vivido.

Dicen que el mulato llegó a la casa cuando Amparito tenía dieciséis años.  Él era un poco mayor, fuerte y sano, con la piel lustrosa como la madera del árbol que sombreaba la ventana del cuarto de la niña.  Trabajaba con entusiasmo en sus labores.  Feliz, tal vez, porque era tan joven y disfrutando de todo lo que fuera pura sensación sin reflexiones que lo llevaran a renegar de su esclavitud.  El cuerpo duro y grande que no parecía caber en sí mismo, tal era el gozo de moverse al sol, abajo, arriba, abajo, arriba, con el sudor que lo llenaba de oro finísimo corriéndole por el pecho y la espalda hasta la entrepierna y las nalgas y se le hacía surcos en los pies desnudos, deformados y resecos de barro.

La niña Amparito ni reparaba en él.  Hasta que lo vio un día  que él se dejó ver o que se exhibió para turbarla y caminaba despacito delante de la galería sombreada, moviendo todo lo que se le movía, cadencioso y tibio, como desganado.  Con los ojos bajos pero atento al reto fácil de la lujuria, altivo y tentador.

Amparito parecía no verlo pero él ya la tenía retenida en cada visión de la casa grande.   La evocaba, cuando amanecía, al compás de los pasos arrastrados en la tierra, con los cuerpos negros y calientes de lechos mezclados.  Al sol y al trabajo fuerte en cada levantada de cabeza de las tardes de enero.

Y una noche cuando subía las jarras de agua, porque Tomasa estaba ocupada o enferma, Jacinto vio el camisón de puntillas sobre la cama en la colcha roja de terciopelo pesado y se quiso imaginar la piel blanquísima con el contraste violento de su sangre.  La historia empezaba a correr sin ellos en un tiempo que sería de locura y violencia.

Se contaba que Jacinto, caliente de fogatas y rituales subió a los saltos la escalera, llegó hasta donde estaba ella y le estalló allí mismo, sobre el piso de madera sin atreverse a la cama que era cosa de señores.  Y la amó hasta la muerte, sabiendo que ella no podría aceptarlo.  Cuentan que la lastimó con su violencia y va creciendo una memoria ausente de verdades, sin nadie para defenderlo.  Cada vez más culpable y más cruel.  Solo.

Yo recordé todo aquella tarde en Albi cuando los vi alejarse apretados y luminosos frente a la torre de ladrillo cubierto de enredaderas en los callejones del Museo.  Entonces supe que debía volver.

La casa estaba casi vacía.  ¿Quién iba a habitarla?  Era muy cara para quienes la compraran y resultaría un magro beneficio para los herederos.  Por eso optaron por repartirse algunas cosas y dejaron otras.  Todo tenía el sello abismal de generaciones de mi familia viviendo unos tras otros, como si se repitieran en espirales de tiempos idos y repetidos siempre cerca aunque hubiéramos recorrido enormes distancias.

Aquella noche el mulato había bailado alrededor de las fogatas al compás de los tamboriles con el ritmo de la sangre africana.  Amos y sirvientes formaban figuras que se desdoblaban en las luces y sombras del fuego para moverse a tiempos distintos y a otros sones como eternidades de instantes superpuestos que eran rojos, dorados, marrones.  La noche traía ruidos y voces apagadas cuando las parejas desaparecían para el último rito de muerte y resurrección creado para cada uno de ellos hasta el final de los tiempos.

La abuela Eloísa me lo contaba todo, durante las noches de mi infancia campesina, con su voz ahondada en el horror de saber lo que vendría después,

Jacinto había desaparecido en el granero, envuelto en las polleras acampanadas de Martina, abrazado a ella, juntos en el color de la piel y en el deseo como una figura mágica que llevaba en sí vaya a saber qué claves de la vida.

Al amanecer todo pasó rápidamente.  Se mezclaron los gritos y el ruido de dos tiros que venía desde la casa.  Cuando todos corrieron vieron a Amparito parada en lo alto de la escalera, temblando violentamente mientras sostenía con las dos manos el arma y con los ojos al mulato que se iba deslizando hacia el piso inferior con la cara crispada, pidiéndole ayuda, sucio de mujer y de sangre joven.

Después  el viejo Simón le cerró los ojos con toda delicadeza y ayudó a componerlo para el  velorio, penándose de un cuerpo tan joven y tan muerto, como si él hubiera podido aprovecharlo o como si Jacinto hubiera sido para todos los hombres de la estancia,  la única vida  y el único gozo de vivirla.

Entre cabeceos y susurros le dijo a la Tomasa que hipaba subiendo y bajando los senos magníficos en un llanto que no contenía:

-”¡Mismito te digo que lo tenía en los ojos!  Esperaba ver al ángel y vio al demonio!” -Se santiguó-“ Vio al demonio, Tomasa¡” «Qué pena de hombre muerto!”-

Alguien le sacó el arma a la niña.  Le costó mucho trabajo porque ella la apretaba contra su pecho y era toda ausencia y desesperación.  Después la acostaron bien arropada y, casi en sueños, al atardecer del día siguiente la llevaron a la ciudad, para que no volviera nunca.  A la casa o a la inocencia que se le había quedado trabada la noche del fuego.

Yo volví.  Quise abrir las ventanas para que la luz de la luna invadiera todo y la luz me iba cambiando la vida por las vidas de la casona eterna.  Subí la escalera, admirando como siempre el vitreaux que lucía esplendoroso en el primer descanso que daba al parque.  Todavía podía volverme a Albi, a mi plaza y a mi cuarto de sol.  Todavía me alcanzaba el tiempo para mis relatos de la Corte de Leonor de Aquitania y el rey que la volvió loca de amor.  Pero Amparito me estaba esperando para terminar la historia.  Me quedé.  Recorrí un cuarto y otro, toqué cada mueble y enderecé el cuadro del tío coronel.  Abrí al acaso un cajón y el armario del pasillo donde la abuela guardaba las antiguas sábanas con puntillas de bolillo, hasta que llegué al cuarto de terciopelo rojo.

El silencio era denso y enmarañado.  Allí estaba ella, me esperaba junto a la ventana alumbrada por la luz diabólica de las fogatas.  Nadie me creyó después, cuando el sol volvió a salir y terminó la magia.  Pero ella estaba allí.  Fuerte en su deseo del hombre al que venía descubriendo desde su infancia larga de los hermanos varones que le ocupaban toda la vida.

Había espiado al mulato, lo había seguido desde la ventana de visillos, por el jardín y la galería.  Lo olía mezclado con el aroma de las magnolias y el pasto húmedo.  Y fue tras él hasta el granero, tras él y Martina con su imagen turbadora de las polleras al vuelo, la risa y el murmullo cómplice de un placer adelantado en bellos cuerpos que se tocaban explorando huecos y redondeces.  La negra con la cabeza apoyada en el hombro de Jacinto, en un abandono total y él, con su mano grande le ceñía la cintura, apretaba las nalgas con el cuerpo tenso como un arco, saliendo para afuera, notable el deseo en un perfil de fuerza que quería ser aniquilada.

Amparito los siguió, espantada de celos y jadeando con ellos en las sombras.  Apretando los puños sobre su boca distinguía el movimiento de las piernas entrelazadas, mezclas de plata y barro sobre el suelo desprolijo que crujía.  Escuchó susurros y gemidos en un juego alucinante que no entendía bien, hasta que Jacinto levantó la cabeza como si quisiera volar y gritó en la entrega cayendo sobre la mujer que lo vencía.  Como si la muerte y la vida se mezclaran para siempre.  Después los dos se quedaron quietos mientras afuera el mundo se recomponía con todos sus ruidos y sus olores.

Volvió el frío y también los cantos que se iban callando en la noche, mientras las fogatas se apagaban una a una.  Los bichos en el jardín y los pasos lentos de algún mulato viejo fueron sonando hasta que se hizo el silencio.

Amparito, perdida en sus emociones se alejó lentamente del granero y atravesó el parque lleno de sombras.  Iba encorvada y sollozando.  Un cuerpo andando en el espacio fino de la noche, un deseo desconocido que se metía dentro suyo.  Hasta que todo parecía sucio y blando y resignado y final.  Su propio misterio la asustaba.  Me lo contó esa noche que yo volví a la casa y antes de que saliera el sol que terminó con la magia; apoyada contra la ventana con los ojos fijos en el fuego lejano.  Y yo la entendí.  Porque me dolían mis preguntas y sus razones.  Quise tocarla para darle algún consuelo pero la luz de afuera la aislaba de mí y el tiempo nos separaba a las dos.

Aquella mañana tan lejana, Amparito compuso su aspecto.  Se lavó con todo cuidado y agregó agua de azahar en el enjuague de su piel blanquísima, después sujetó el pelo dorado en lo alto de la cabeza con un moño color malva atado al descuido y mandó al mayor de los hijos de Tomasa a buscar a Jacinto.

El sacrificio fue consumado desde lo alto de la escalera, mientras el sol creaba vida de todos los colores atravesando el ventanal con flores y pájaros  con arabescos interminables.  Jacinto levantó la cabeza alertado por el movimiento de la luz en lo alto cuando ella apretó el gatillo una y dos veces.  Lo último que vio ojos casi violáceos muy grandes y la venganza como una forma de justicia de clases y de hombres y mujeres que viven las mismas emociones en mundos diferentes.

Ella me lo dijo mientras lloraba sin consuelo:-“Él jamás me había mirado ni me hubiera llevado al granero. ¡Nunca me tocó!  Él quería a Martina, andaba siempre detrás de ella como un animal en celo.  Una vez lo retuve a la hora de la siesta porque sabía que iban a encontrarse río abajo pero yo le hablé de cosas del jardín y él, impaciente, sin embargo bajaba la vista a los pies sucios de barro, sin moverse y sin escucharme, hasta que el deseo se le hizo sudor en la piel y, cuando ya asqueada lo dejé, corrió hacia el río.  Se jugó la vida enancado en una negra”-  Me miró con sus ojos antiguos como los de una reina- “¿Crees que yo podría perdonarle todo aquello? ¡No! ¡No tenía derecho a despreciarme  de esa manera!”-

Jacinto había estado solo para morir.  Anónimo, con su mirada asombrada, sin consciencia de sí mismo o de la historia grande de los hombres o del Dios tremendo que lo hizo hermoso y viril y le encendió el deseo de Martina.

Yo aprendí la historia.  La absolví a ella de su tremendo pecado y a él el haber nacido cuando no debía.

Los absolví a los dos de los tiempos ajenos con sus lazos de encaje y sus negaciones.  Le prometí a ella contarlo una y otra vez hasta que nadie dijera que el negro Jacinto la había ultrajado una noche de baile y fogatas.

Me quedé a vivir  en esta casa vieja.  La familia está contenta porque pueden venir de vacaciones y encuentran las cosas dispuestas para ellos.  Yo espero paciente y los recibo con todo tipo de atenciones.  Veo a los chicos andar a caballo o jugar con los perros que ya no son tan salvajes.  El sol entra por todas las ventanas que ni me molesto en cerrar.  La casa vive.

Hasta que el último de ellos haya creído la verdadera historia de Amparito y Jacinto debo quedarme a contarla una y otra vez.  Aunque ahora sospecho que no terminan de aceptarla porque esa es una manera de retenerme aquí para que cuide de ellos y de sus vacaciones.

Por eso, en cuanto junte voluntad me iré.  Alguna noche de fogatas.  Voy a despedirme de todos, especialmente de los que ya no están y volveré a Albi, a mi cuartito soleado.  Caminaré el sendero del río ajeno y escucharé otras voces.  Y después de cada invierno me tiraré al sol abierta solamente al placer de sentir placer, para que la vida me regocije.

Alguna vez, cuando junte voluntad.  Cuando pueda.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

Hilachas que van tramando – El canasto con frutas de colores

18 Oct

Hilachas que van tramando

El canasto con frutas de colores

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El canasto era de metal pero trabajado como si fuera de mimbre, estaba lleno de frutos de vidrio de colores vivos y compactos, traídos de Colombia por un tío abuelo medio tarambana en uno de sus viajes aventureros que llenaban de fantasía a las mujeres de la familia.  Bellísimos, eran bellísimos.  Nunca vi nada que expresara con tanta sencillez la exuberancia de los colores primarios.  Nada más que colores primarios para que recordáramos que ellos son los únicos que  llenan de  matices a nuestra vida.   Sin ellos  el mundo sería gris y opaco, por eso ocupaban un lugar en la mesa del comedor.  Estuvo desde siempre en la casa familiar y, al paso de los años, lo recuerdo con emociones inefables, compuestas y tibias porque son una parte de las cosas que atesoro como lo mejor de mi propia vida.  Me remontan a una época en la que todo era, la mesa servida, los hijos que abundaban, las vacaciones, las fiestas de cumpleaños, el primer “papá” dicho entre balbuceos, los botines de fútbol, el desayuno de un domingo de lluvia, la casa calentita, el aroma de la comida que más nos gustaba, la complicidad del abuelo con los más chicos, el vestido que se estrena, la muñeca en el sillón, el día de la comunión, la escapada de un fin de semana, los deberes, la mirada cómplice entre los esposos, una tarde de bicicleta, la boca sucia de chocolate del más chico, los pañales, la fiesta de fin de año en la escuela, las manitos del hijo, mamá radiante con su nuevo peinado, papá feliz porque ganó su equipo, una discusión que termina en risa, un diagnóstico favorable, el dolor bien compartido, el patio con el ciruelo, la mermelada de ciruelas de mamá, el primer baile, el hijo adolescente confundido, un atardecer de verano, una tarde de otoño, las hojas en la vereda, el olor de la ropa limpia, el programa que más me gusta, la reunión con los amigos, el asado, el picadito, el “té” con las chicas, la caminata por el barrio, la sombra en el jardín, un rosal que floreció, la plaza, el cine, el mueblecito que se estrena, un regalo de cumpleaños, la Nochebuena en familia,  la llegada a casa desde el trabajo, la charla entre los hermanos, una llamada telefónica, las fotos, los recuerdos.  Todos los olores y los sabores y las imágenes que hacen que la vida sea verdaderamente maravillosa.  Eso que estaba pasando en mi vida mientras yo vivía mi vida de niña en una familia tipo en la ciudad de mis amores, hace unos cuantos años.

Lo recuerdo ahora porque estoy un poco alborotada.  En un artículo de un diario y con motivo del Día de la Madre, una mamá joven, consultada por el cronista ha dicho “que su abuela se quedaba en su casa fregando y atendiendo a su marido y a sus hijos, en plan de sacrificio y su madre creía en una postura feminista donde la mujer no tiene porqué someterse a un hombre, habiendo de algún modo postergado su vida como mujer por  haber sido madre”.  Y así, esta niña, con insolencia y atrevimiento, borraba de un plumazo todo un pasado de mujeres de otros tiempos que la daban entidad a sociedades de otros tiempos.

Estoy alborotada, yo, una enamorada de los tiempos modernos, que me agarro con las dos manos y hasta dónde puedo a todos los “cuchuflitos” tecnológicos que se me acercan, lo cual me hace la vida más ponderable;  y amo los adelantos de la medicina que me alargan la vida y me regalan calidad de vida;  que me siento a esperar el futuro, porque el futuro cada vez me parece más atractivo; que tengo un poco de penita porque me voy a perder muchas cosas de este siglo apasionante ¡a menos que viva ciento cuarenta años! , estoy alborotada, un poco enojada y muy combativa.

La sociedad en la que vivimos se ha acostumbrado a mirar sobre el hombro a los tiempos pasados y llevar agua a su molino como para que esto de la “relatividad” le resulte menos pesado y le haga creer que no hay época más sabia que la que estamos viviendo. Me parece a mí y creo que los historiadores y los filósofos y todos los sabios que saben mucho más que yo me aprobarían, que no se conoce una sociedad que se permita “juzgar” a las anteriores, con tanta liviandad y suficiencia, como la actual.  Usando cada vez un tema distinto, releyendo la historia para el lado que resulte práctico como para justificar todo lo que no están muy seguros de que estén haciendo bien.

¡De acuerdo!, esta época es fenomenal y no me hubiera gustado vivir en otra.  Pero, la felicidad y la alegría están, surgen, se viven y se disfrutan en cualquier momento de la vida personal y del mundo.  También la desgracia, el error en las elecciones, las crisis y los pecados, atraviesan el tejido de cada tiempo con toda impunidad y sin pedir permiso.  Sólo que me pregunto quién les ha hecho creer que las mujeres y las familias de esas mujeres tenían el destino parejo, lleno de frustraciones, de sacrificios, de dolores, de silencios y desprecios.  ¿De dónde sacaron que todo era un mundo gris, uniforme y aburrido donde no pasaban las cosas excitantes que vivimos ahora?  ¿En qué academia aprendieron que todo era represión en lo que respecta al sexo, al erotismo y que las mujeres no sabían gozar?  ¿Por qué necesitan creer todo eso?  ¿Será que el mundo actual las tiene asustadas porque hay algunas cosas que se les pierden en este vértigo general de hacer todo, vivir todo “como se debe” siempre que sea rápido, extravagante, confuso, atrevido, atemorizador y conflictivo?

Les quiero contar algo.  Durante el siglo XX había cosas que se vivían de otra manera.  Había más tiempo, porque no había televisión, ni Internet, ni teléfonos celulares, ¡gracias que había radio y teléfono!.  Las señoras “de su casa” hacían algunas cosas mientras escuchaban la novela de la tarde, cosas como planchar, cocinar, o coser.  Pero todavía les quedaban horas libres para juntarse con sus amigas para tomar el té, charlar o salir un rato a caminar.  No estaban cansadas, por eso a muchas les encantaba dormir la siesta con sus maridos que podían venir a casa al mediodía.  A las que no les gustaba la siesta no la dormían pretextando algún molesto dolor de cabeza.  Igual que ahora.  Aunque ahora las mujeres tenemos más dolores de cabeza porque corremos todo el día a velocidades increíbles y…tenemos menos ganas de dormir la siesta.  Las relaciones sexuales eran algo íntimo y privado y la imaginación se dejaba para los dos que lo vivían y lo gozaban.  Nunca una especie de competencia deportiva que termina siendo igual en todos los casos.  Cada uno elegía lo suyo y eso era lo de ellos.  Nadie les enseñaba desde una pantalla cómo, cuándo o cuánto se hacían las cosas.  Todo era exclusivo.

No había que llevar a los niños a ningún lado, porque casi todos los barrios eran seguros y ellos desde muy chicos disfrutaban de una libertad que ahora envidiamos los mayores.  Los niños iban a la maestra particular, a piano, a inglés y siempre sin que los padres gastaran nada de su tiempo en llevarlos, iban solos.  Por lo que los padres podían dormir la siesta con toda tranquilidad y las veces que querían.  Había mujeres que elegían una profesión o trabajaban por necesidad o por gusto.  Claro que viajaban más cómodas porque siempre alguien les cedía el asiento, llegaban muy a tiempo al trabajo o al consultorio y a media tarde  hasta les sobraba el rato de tomar una taza de té o un mate.  Nunca escuchaban una palabrota y sí alguna galantería.  Cuando los hijos crecían casi siempre encontraban con tiempo de empezar algún curso o iban al cine o al teatro a funciones tempranas.  Los fines de semana se salía, alguno sí y otro no.  Y siempre había tiempo para dormir la siesta que reconfortaba y revivía los primeros ardores de la vida.  Las esposas eran “mi señora” porque en la mayoría de los casos reinaban en el hogar.  Esto es así y es cierto.   Les gustaba alardear con la casa bonita, iban a la peluquería los viernes para estar bien el fin de semana.  No levantaban pesos porque los hombres eran muy hombres.  Charlaban a borbotones, se reían de algunas cosas y lloraban con otras.

Había frigidez y también temperamentos apasionados, igual que ahora.  Hombres guapos y otros no tanto.  Los había corteses y fieles y otros no tanto.  Pusilánimes y violentos.  Igual que ahora.  Había hombres y mujeres leales, y otros pecadores, igual que ahora.  Había llanto y alegrías, penas, sueños, emociones, desencantos, igual que ahora.  Pobreza y despilfarro.  Igual, igual que ahora.

Igual que ahora se necesitaba un lugar para estar a salvo.  Un lugar de refugio en el cual la mirada, el gesto, el silencio compasivo, la risa, la ternura, la pasión, la generosidad, la alegría, el amor, el dolor, el miedo y el arrepentimiento encontraran su medida de lo humano.  Un  lugar que albergara nuestras debilidades, la necesidad de ser amados sin explicaciones, las emociones, los sentimientos que nos dan todas las tonalidades del ser humano.

Se necesitaba un lugar confortable para vivir y compartir.  Un lugar amigable en el que pudiéramos hacer el ridículo y reírnos de ello y también uno para llorar a gritos cuando la vida se hacía implacable.  Un lugar con espacio suficiente como para poder bailar y jugar y aprender las cosas buenas de la vida.  Uno sagrado para poder rezar, vivir nuestros valores, nacer, buscar la trascendencia, y también, despedirnos de la vida con la gracia y la seguridad de aquellos que han sido bien amados.  Igual que ahora. Igual que ahora.

Dejemos de comparar porque en algunos casos salimos perdiendo y en otros somos ganadores pero, si creemos que esto es lo mejor del mundo, no vamos a aprender nada.

Aquellas mujeres y hombres ya vivieron sus felicidades y sus penas.  Ya no están pero su mundo fue para ellos el mejor de todos. Y lo fue.  Doy fe porque mi madre y mis abuelas y mis mayores me lo contaron.  Solo que ahora es distinto y también es el mejor de todos porque lo veo en mis hijos y en sus primos y en sus amigos.  Cada época tiene lo suyo, claro que las mujeres del siglo XX dormían con más frecuencia la siesta con sus maridos y eso las hacía muy felices.

Era otro mundo también maravilloso, en el cual también las víctimas elegían serlo y los amantes se amaban hasta la muerte.

¡Ah, me olvidaba…! Las mujeres del siglo XX  proclamaron con gran alegría y desparpajo el amor libre e invitaban a hacer el amor y no la guerra! ¡Qué mujeres! No tenían nada de sometidas.

¡Qué más les digo!

Que entremos a casa con el paso lento, saboreando cada lugarcito amado.  Dejemos afuera los ruidos descomunales de la calle y escuchemos el sonido del portón en el jardín, la cortina que se mueve con el viento, la risa del hijo que está creciendo, una silla que se movió en el comedor, el tintineo de los cubiertos cuando ponemos la mesa, el agua que corre, la voz de mamá.  Dejemos afuera el tiempo vertiginoso y disfrutemos del tiempo afortunado de estar con el otro, escuchar pacientemente, contar de a poco las mil y una anécdotas del día que ya vivimos.  Crucemos la mirada cómplice con todos y cada uno de estos seres que amamos tanto.   Tomemos la tarea de enseñarle a bailar el vals a la quinceañera que se nos hace mujer y preguntémosle a mamá quién es la señora que nos mira de la foto antigua con un sombrero pequeñito lleno de lentejuelas y aros de perlas que dormía muy contenta la siesta con su marido.  Escuchemos un rato de música que le guste a todos o que “toleren” todos.  Vamos a reírnos de lo que pasa y a provocar la risa cuando algo bueno no pasa.  Y al terminar el día, con la oración que aprendimos y enseñamos, démosle gracias a Dios de tener una familia que cada día nos hace más humanos.  Vivamos un poco como se hacía antes, cuando las mujeres dormían la siesta con sus maridos.

Olvidemos los esquemas alterados de tiempos pasados que parecen hechos por un niño caprichoso o un artista loco.  Miremos con amabilidad el pasado porque en él están todas las explicaciones de lo que somos ahora.

Dejemos relucir el canasto con los vidrios de colores primarios que, junto con un puñado de sueños, nos trajo un tío abuelo de Colombia.  La vida fue, es y será maravillosa.  La nuestra, la mejor.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos