PODRÍA SER YO…
Salía para el supermercado. Un atardecer sereno se caía sobre el río. Del otro lado la ciudad relumbrante y poderosa se iba desvaneciendo en el agua. Todo brillaba pero en silencio. Caminé por el boulevar disfrutando de ese momento cuando oí música y cantos que venían desde una calle lateral. Resultó ser una procesión en honor a la Virgen de la Consolata que agrupaba a una buena cantidad de gente. Lo de siempre, cantos, velas, flores, niños y mujeres con una profunda piedad, hombres con unas capas celestes y otros hombres, los sacerdotes, con sus túnicas blancas orladas de verde. Adelante y al final sendos patrulleros que acompañaban el recorrido con sus luces de colores.
Como tantas manifestaciones religiosas de distintos credos, que siempre respeto y trato de compartir, porque Dios es uno solo. Uno solo. Por suerte y, aunque a veces lo tratemos como si fueran muchos, es uno solo. Y nosotros le hablamos de distinta manera. Lo que pasa es que todas las buenas maneras complacen a Dios no importa de donde vengan, ni de quien vengan. Y eso es muy bueno.
Casi en la mitad de la procesión, unos hombres llevaban en andas una imagen de la Virgen. Lo hacían con los pasos tan clásicos en la liturgia católica, la imagen era preciosa y yo empecé a acompañarlos desde la acera, casi sin darme cuenta. Casi sin darme cuenta estaba rezando en silencio y casi sin darme cuenta estaba llorando. Sin consuelo y, aparentemente, sin motivo.
Era el día en que en todo el mundo se invitaba a rezar por la Paz. Ahora que lo estoy contando se me hacen ilegibles las palabras en la computadora, estoy llorando. Estoy hablando de la Paz y estoy llorando.
Por la Paz que no es simbólica, es lo que se refiere a hombres, mujeres y niños. Todos ellos sufriendo situaciones absolutamente injustas, más injustas ahora, en este tiempo presuntuoso en que nos creemos que ya estamos de vuelta de todo y que sabemos lo que son los derechos humanos y que es malo discriminar, y que la libertad es un bien inevitable, y que todos queremos ser más buenos que los otros, y que el mundo tiene que ser de todos. Y todas esas cosas que nos hacen sentir bien.
Ellos se mueren, se mueren en las calles entre los escombros, se desangran hasta que cesa el fuego y alguien los levanta para sacarlos del medio, se mueren entre incendios y gritos. Lo peor no son los gritos, lo peor es cuando llega el silencio. Y el espanto. Y ese niño de poquitos años que vaga por las calles ensangrentado y ha perdido a su familia, y también su vida y su identidad porque todo quedó hecho polvo y nadie sabe de dónde vino. Las mujeres van a parir oyendo el tableteo de las ametralladoras, los soldados corren como conejos que serán cazados, en algún momento serán cazados. Los jóvenes se arriman a las paredes porque tienen miedo, porque todavía no han vivido nada y temen que no han de vivirlo. La mayoría no ha de vivirlo. Se mueren los niños y los ancianos y los hombres y las mujeres porque la tragedia los iguala como miserables seres que no tienen ningún derecho. Hay sangre por todos lados, no hay calmantes. Y cuando pasen los días no habrá comida. Ni agua, ni médicos, ni piedad ni consuelo. Sólo seres desventurados a los que el zarpazo de la muerte les llegó de la mano de otros seres que no saben lo que hacen. Unos y otros perdiendo lo que tienen de humanos.
Les ha explotado la vida de todos los días, se les ha acabado la vida de todos los días. No tienen más, nunca más, la vida que tenían hasta hoy. La preciosa vida que creían que les estaba perteneciendo.
Los más afortunados se irán por las fronteras llevando consigo lo poco que puedan. Y después caerán como bolsas de plomo en otras comunidades en las que no tienen cabida. ¡Cuántas veces hemos visto o imaginado pueblos enteros caminando sin rumbo y por los caminos de Dios dejando caer las cosas que se van haciendo más y más pesadas! Desaparecen los juegos y las escuelas, llega el hambre, la prostitución y las venganzas. Se oye gritar bajo los escombros, alguien perderá la vista y otro las piernas. Alguien perderá la cordura porque el dolor y el miedo reemplazan a todo lo demás. Se perderá el marido de la esposa, los hijos, los hermanos entre ellos, algunos nos sabrán nunca qué pasó con sus seres queridos. No habrá más una plaza, ni una escuela, ni el negocio del barrio adonde los vecinos hacíamos tertulia. Nadie tendrá una sinagoga, una iglesia o una mezquita para rezarle al Dios de todos, que es uno solo. Nadie tendrá un templo, sea cual sea su Fe. Y todos se sentirán abandonados. En tinieblas porque Dios está en silencio. Y más gritos y más sangre, y más ruido y más hambre, más dolor y más crueldad, y muerte, muerte, muerte.
¡Quién nos dijo a nosotros los hombres que podemos matar a otros hombres? ¿Quién nos volvió locos de tal manera que cortamos de raíz la vida de otros seres humanos, su felicidad, su esperanza, sus derechos, sus cuerpos? ¿Quién tiene derecho a destruir una casa, todas las cosas ajenas, los recuerdos, las fotos, los libros, los hijos?
En toda la historia los hombres pelearon guerras para cambiar sociedades. ¡¡Pero eran otros tiempos!!! No sabían mucho unos de otros, eran todos extraños, el mundo muy grande y las culturas muy diferentes. La maldad tenía excusas.
¡Pero en el Siglo XXI! Todos conocemos la cara de todos. Sabemos lo que pasa aquí y allá. Matamos lo conocido. No podemos mirar para otro lado porque todo lo que pasa, pasa en nuestra casa. En nuestro televisor, en la tableta o en el teléfono. Siglo XXI absurdo en su impiedad. ¡No tenemos excusas! Sabemos que somos todos iguales, sabemos que el mundo tiene ciertas dimensiones. Oímos lo que hablan, lo que cantan, como aman y en lo que creen; ningún rostro, ninguna cultura nos sorprenden, nos mimetizamos en las modas, nos entendemos en los miles de idiomas que hablamos. No. ¡No puede haber más guerras en este Siglo XXI! Y, sin embargo, éstas aparecen en uno u otro lugar de la Tierra, da lo mismo, la crueldad y el horror no tienen Patria ni territorio. Y los seres humanos somos todos iguales. Algunos, sin embargo, son menos iguales que otros. Me quedé en un rincón temerosa de seguir caminando hasta que unos brazos fuertes y torpes me abrazaron. Por primera vez, ¡por primera vez en mi vida no sentí ningún consuelo! Sólo le dije “¡Podría haber sido yo!”
¿Quién me preservó de tales demonios? ¿Quién manejó esa lotería diabólica que hace que algunos tengamos todos los derechos y otros todas las desgracias? ¡Podría ser yo!
Lo único que podemos hacer es tomar consciencia de que esto no es justo. De que esto es letal. Que por cada hombre que muere en una guerra se pierde un poco de humanidad para todos. Debemos hacer que ese convencimiento vaya venciendo la fuerza de los malvados. Que se sienta en el mundo entero la ira de los justos. Debemos rechazar la violencia. Debemos manifestarnos cada uno a su manera. Ya no hay ninguna excusa para la violencia en este Siglo XXI. Vamos a rezar, cada uno en su credo, a un Dios que a veces parece que está en silencio. Vamos a hacerlo cada uno en su idioma, y otros a la Naturaleza y a los duendes del bosque, y a los cielos y a la Tierra. Cada uno a lo que crea que tenga una fuerza superior para terminar con toda esta locura. Vamos a rezar porque podríamos ser ellos. Somos ellos. Somos otra parte de ellos. Vamos pensar en la Paz. Vamos a hablar de la Paz. Vamos a exigir la Paz. Todos, todos tenemos derecho a gozar de la Paz. ¡Podría ser yo!
Bajo la cabeza con toda humildad, les pido a los otros que me cobijen, que me cuiden, porque podría ser yo.
Que Dios nos ampare a todos.
PRIMERO LA JUSTICIA.
PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.
