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Hilachas que van Tramando — Elegir la Soledad

15 Jul

Hilachas que van tramando

Elegir la soledad

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Saboya (en francésSavoie, en arpitán Savouè, en italianoSavoia) era una región de Sacro Imperio Romano Germánico en Edad Media,  luego de Italia hasta 1860. La Saboya se hará francesa con la anexión de 1860.  Aproximadamente comprende el territorio de los Alpes occidentales entre el lago de Ginebra en el norte y la provincia de Mauriana en el sur. Con tiempo la Saboya se aumenta con tierras italianas, Niza, la costa mediterránea y el piamonte.

La tierra histórica de Saboya emergió como el territorio feudal de la casa de Saboya durante los siglos XI al XIV.  El territorio histórico hoy es compartido entre las repúblicas modernas de FranciaItalia y Suiza.

En forma fría y concisa el texto nos sitúa, más o menos, en la zona de los Alpes Saboyanos.  Nos pone como testigos asombrados en una historia que va mucho más allá de cualquier descripción.  Que está hecha de sangre, de traiciones y amores desesperados. De tratados y pactos sin cumplir y otros que arrasaron con todo lo que se interponía a su paso.  Grandes celebraciones, vasallaje, comunidades estructuradas por su riqueza o sus creencias.  Destinos inevitables. Abuso de poderes, muertes y pasiones desordenadas. De grandes tapices y castillos enormes que se levantaban sobre el esfuerzo de generaciones y generaciones. De catedrales que llegaban al cielo con sus arcos y sus vitreaux de una belleza celestial.  De guerras y ducados, de hombres pecadores llenos de ambición, de soberbia y vanidades.   Sedientos de poder, casi inhumanos.  Y también de otros que pudieron sacar lo mejor del espíritu humano en la Edad Media que terminó floreciendo hasta el Renacimiento para dejar al hombre como centro de la historia, de la cultura y de las artes.

Hoy, en una apacible tarde de verano, nos dirigimos de una ciudad a otra por los mismos caminos por donde se iban los cruzados y volvían los nobles empobrecidos sin saber que se acababa su época y ellos habían contribuido a su propia desaparición.  Vamos cómodos, a velocidades que en aquellos tiempos se hubieran considerado diabólicas, y en lugar de terminar en una hoguera me entretengo sacando fotos de estos castillos montados sobre salientes rocosas, peñascos aislados como islas al viento, separados de las montañas enormes pero recostados sobre ellas, de tal manera que llegar a ellos era imposible y es imposible hoy día.  Todos muy grandes y algunos de estructuras tan inmensas que dejaban atrás toda dimensión humana.  Costaba mucho esfuerzo, muchas vidas y muchas muertes, llegar a ellos.  Construirlos primero, después defenderlos. Cuánto más aislados, más fuertes, más solitarios, mejor tenían que ver con sus dueños.  Dinastías de nombres famosos que se quedaron en la historia.

Vemos uno y otro, y otro, no puedo asegurarlo desde el conocimiento pero sí tengo la impresión de que es una de las zonas en las que encontramos más de estas estructuras abandonadas que se recortan contra el cielo, entre montañas apretadas, valles que no se ven y circuitos de camino que nos hace verlos y dejar de verlos en cada curva.

Ya nadie los quiere.  Su mismo aislamiento provocó su decadencia y la muerte gestual en sus piedras.  Los caminos de acceso originalmente difíciles han desaparecido entre bosques y quebradas y ellos están allá, solos, cerrados en sí mismos, sin que a nadie le interese su existencia.

El poeta ha dicho “Vanidad de vanidades y todo vanidad…”  Y nosotros “Soledad de soledades y todo soledad”.

Como algunos hombres.  Como algunos hombres que eligen la soledad.  Se aíslan de los demás.  Generalmente lo hacen en las épocas de la juventud en las que todo resplandece y el espejismo de la autosuficiencia es fuerte como una mañana de primavera.  Y siguen por la vida sin escuchar, sin pedir perdón, sin compadecerse de los otros para terminar sin poder compadecerse de sí mismos.

Los hombres y mujeres que eligen su soledad probablemente no han tenido el mensaje de amor indispensable en los primeros años de la vida.  Probablemente no han tenido quienes los amen lo suficiente para que los arranquen de su aislamiento, no han aprendido lo vulnerables que somos todos, que somos todos, los fuertes y los indecisos, los bellos, los grandes, los sabios y los niños.  Lo vulnerables que somos todos.  Tanto que necesitamos caminos que se crucen, que se mezclen y se acompañen.  Caminos de unos y otros que serán cuidados con toda diligencia porque no hay otra manera de vivir más que dependiendo de los demás.

Los que eligieron la soledad sienten que siempre tienen razón. Esperan de los otros cierta devoción, una especie de humildad que refuerce su propia autoestima.  Contestan con aspereza o  se cierran en un silencio elocuente que despertaría preocupación si no terminara siendo ignorado por los demás.

Los que eligen la soledad van armando caminos difíciles, desconocidos, que se irán desdibujando a medida que el tiempo aleje a quienes deberían amarlos.

No saben que la misma soledad es un camino incierto, penoso y traicionero.

Una decisión absurda que esconde su propia desgracia.

Y resulta que cuando la vida sigue su curso, lo que se había decidido en el momento de la gloria y el poder, como un castillo en la montaña, se transforma en una condena inapelable, que nadie quiere, hasta que solo quedan piedras deformadas que se recortan contra el cielo muy  azul, y los caminantes dejan de verlas mientras se alejan con su propia vida a cuestas, compartiendo lo que les es dado.

Porque el tiempo, inapelable, ya no deja volver atrás.  La vida me ha enseñado y me sigue enseñando, cada dia, cada día sin faltar uno,  que lo mejor es construir el castillo al nivel del suelo, cerca de los otros, con la puerta abierta para que entren y también para que salgan cuando quieran.

Alcanzo a ver el último de los castillos sobre un peñasco enorme antes de que se haga de noche.  Me da una pena tan grande que tengo apuro por llegar a destino.

Miro a mi amigo ocupado conduciendo el coche y seguramente pensando en cosas mucho más sencillas.  Me arrebujo en el asiento con la mantita de colores y ya estamos llegando al pueblo.  La soledad, decididamente, no es para mí.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – La Fama no es Puro Cuento

17 Abr

La fama no es puro cuento

En la Avenida ancha y majestuosa, flanqueada por una edificación adecuada a su naturaleza, hay dos tipos de luces. Las de los faroles de hierro antiguo, con su copete de cuadrante y cristales, que están colocados ordenadamente cada pocos metros, y las de los coches que van pasando.  Aunque las luces de los faroles son las que están quietas, ellas parecen ajustar  la velocidad de los coches entre uno y otro segmento.  De tal manera que esa inmovilidad corrige diferencias y todo se hace armonioso, aunque un poco alucinante.

Salimos de una reunión familiar, que nos ha resultado muy agradable, como de la cueva adonde el fuego es preservado y tenemos la supervivencia asegurada.

Hace mucho frío y una incipiente neblina confirmará la visión extraña y grandiosa del paisaje urbano. Otra más que el hombre le roba a la naturaleza.

Tenemos que caminar un par de cuadras para buscar el coche y la niebla, que ya se comió a las estrellas, nos va aislando en este universo vertiginoso. La avenida nos parece más ancha que nunca, aunque de cuando en cuando un cantero verde rodeado de una pequeña reja nos asegura que estamos en nuestro propio mundo. El resto son sensaciones extrañas de estar en un lugar desconocido, bello e inquietante, aunque sea en nuestra propia ciudad.

En el coche recuperamos nuestra identidad, y nos sumamos a las luces que vienen hasta que somos uno más en lo que parece una carrera.

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Yo tengo ganas de hablar.  Es lo mismo cada vez. Me impacta una situación distinta, me atrae un paisaje y es el disparador de una serie de reflexiones que aparecen desordenadas, empujándose una a otra hasta que la idea se va desenroscando y se arma el pensamiento.

En la reunión éramos un grupo de parientes y amigos y disfrutamos de buenas bebidas, cosas ricas para comer y de la charla informal y recurrente.  Sólo una persona  parecía ajena.  Escuchaba con atención pero con la mirada perdida en dos, la que miraba y la que estaba ausente.  Cada tanto quería intervenir pero tenía una manera un poco dramática, con pausas constantes y tonos descendentes, hasta que los otros optaban por interrumpir y seguir con lo suyo.

No había forma de que pudiera mantener el interés de sus contertulios. Hasta descubrí cruces de miradas entre críticas y divertidas.  Así es esa persona. Una de esas que van por la vida escuchándose solo a ellas mismas, mirando el pozo de una soledad particular que parecen haber adquirido con perseverancia y voluntad; desconociendo lo que son los otros, lo que los otros quieren, lo que necesitan.

Conozco su historia.

Con el ronroneo del motor y el calor de la calefacción nos espera un viaje más o menos largo hasta casa.  La realidad es que a nosotros siempre en los dos extremos de cada viaje hay alguien que nos quiere y a quien le gusta estar con nosotros. La sensación placentera, de ser y estar donde se debe ser y estar, nos viene acompañando en estos años de madurez y nos hace sentir una felicidad enorme, adecuada a este tramo de la vida. La única felicidad legítima cuando se ven cayendo los goces de la juventud.

Le digo a mi amigo:

-“La vida es imprevista e inapelable. Nadie nos dice que cada decisión que tomamos cuando somos muy jóvenes caerá sobre nosotros con la fuerza de lo inevitable cuando llegue la madurez. Vamos tallando nuestra fama desde el principio”-

La fama, la honra, el crédito, que nos va a acompañar toda la vida. Elegimos ser como somos cuando ni sabemos que estamos eligiendo. Ponemos a los demás por delante o por detrás de nuestros propios deseos y necesidades en tiempos en que la vida nos pertenece sin titubeos. Somos generosos o indiferentes, sonreímos o tenemos el ceño fruncido como si el mundo nos debiera un trato especial.  Somos precisos en nuestro perfil para con nosotros y para con los demás. Y todo eso sin tener la mínima idea de lo que estamos haciendo.

Casi desde la adolescencia armamos el mundo definitivo de nuestras relaciones y, porque somos humanos, tendemos a ponernos en el lugar privilegiado. Lo hacemos sin saber, siempre lo hacemos sin saber. Nos movemos entre la verdadera entrega a los demás, nuestra vanidad, o la capacidad de convivir bien con nuestros semejantes.

Digo que lo hacemos sin saber porque cuando somos muy jóvenes todavía nuestros recursos vienen de aquellos que nos enseñaron, modelando nuestro carácter y nuestra actitud con su propio ejemplo. Después nos toca corregir y corregir y volver a empezar en una suerte de mejorar la relación con el mundo y con los otros.

Algunos tienen la suerte de modificar cosas, algunos tienen quienes los aman y se educan recíprocamente en esto de las relaciones, otros arrastran definitivamente el carácter de ser como se les da la gana sin pensar detenidamente en los demás.

Sin embargo alguien debería enseñarnos bien pronto que sólo cuando colocamos en orden las prioridades y en ellas estamos bien equilibrados entre el amor a los demás y el amor propio, todo parece salir bien. Al contrario cuando nos hemos aislado en nuestras propias necesidades y no sabemos cómo es, verdaderamente, el paisaje exterior, al paso de los años habremos descubierto que la vida ha hecho su propio camino, que parece en estos casos ir por otro lado; la realidad entonces será desgarradora.

Lo malo es que el mundo, que siempre es de los otros,  con toda su rigurosidad, finalmente  nos pone de frente con nuestras propias faltas y nos remite a la soledad cuando casi  no hay camino de regreso.

Es bastante general que nos quejemos por las cosas que dejamos de hacer. Por los signos de envejecimiento que van moldeando nuestra apariencia y nuestras emociones. Es bastante común que digamos “¡Ahora que lo tengo claro.  Si volviera atrás, haría esto o aquello!”-  Y no nos damos cuenta de que nos estamos refiriendo a lo más elemental de nuestra condición humana, la satisfacción personal.

No es eso lo importante.  ¡No es eso!

Lo importante es el lugar que ocupamos entre los otros. Ellos son la referencia más clara de lo que hemos hecho siempre y de lo que hemos sido siempre.   Vamos tallando nuestra fama desde el principio pero no lo sabemos.  Eso es lo riguroso de la vida. Que no lo sabemos hasta que es tarde.

Me dice:

-“Tampoco te lo pasás pensando qué les gusta a los demás y vivís por eso! Los seres humanos siempre tenemos algo que reprochar y algo que exigir de los otros!-

-“Me hablás de lo que hacemos y yo hablo de lo que somos. Y del tiempo. Del tiempo inevitable que nos pasamos mientras la vida se va yendo. Alguien nos tendría que contar lo que pasa cuando todavía estamos empezando a buscar un lugar en el mundo. Porque en ese momento elegimos para siempre.”-

-“Es fácil. ¡Es buen negocio ser bueno!”- Y me da una palmadita en la pierna, empiezo a darme cuenta de que a esta altura de la noche, después de una buena velada y alguna copa de vino, en el calorcito del coche y la pronta llegada a casa, no hay interlocutor para mis disquisiciones.

Cuando llegamos teníamos dos mensajes telefónicos. Nada importante, uno de nuestros hijos que quería saber si habíamos llegado bien y otro para invitarnos a una jornada deportiva.

Nos miramos, nos sonreímos. El mundo es algo armonioso, sobre todo cuando  alguien nos enseñó, cuando era el tiempo de hacerlo, que no somos nada de nada, de nada, si nos somos con los otros. De verdad.

Voy apagando las luces de mi bella casa. Me detengo a mirar la vitrina del living donde tengo tantas pequeñeces que me recuerdan cosas buenas. El hogar todavía está caliente con algunas brasas y a salvo de lo desconocido. Le digo a él que me quedo un rato para pensar.  Para recordar y agradecer que el mensaje haya llegado a tiempo.  Voy saboreando una copita de licor ambarino y dulzón.  Suspiro, oigo las campanadas del reloj.  Y, finalmente, me voy a dormir tan campante.