Caminando por el precipicio
“Cinque Terre”. Nombre magnífico por lo que evoca y lo que es. Una tierra dura y escabrosa que se levanta en lo más azul del Mediterráneo, en la Riviera Italiana. Son cinco pueblos arrinconados contra la montaña, como gemas estrelladas en las rocas que se asoman al mar. Y entre ellos, senderos angostos que en algunos lugares caen al vacío. Laderas llenas de flores de colores, viñedos pequeños que se esconden en las vueltas de las montañas. Escaleritas rústicas que suelen ser difíciles de trepar y que salen de una casa hacia la otra o hacia el cuadrado de la labor de cada día. Huertas, pequeños estanques para juntar el agua de las montañas. Pobladores que son amigables y que se paran de una manera diferente, siendo cada uno un equilibrista diestro en eso de vivir sobre superficies que nunca son completamente horizontales. Estos pueblos nacieron en épocas remotas y fueron construidos con el objeto de estar a salvo de los ataques de otros pueblos que venían del mar a conquistar, con sangre y furia, a saquear y llevarse hombres, mujeres y niños a la esclavitud. Así se desarrollaron, ariscos y altivos porque nunca fueron dominados. Terrazas y terrazas de colores comprueban el ingenio de los hombres para sobrevivir, su voluntad para vivir, su infatigable asociación con la naturaleza que, aunque dura y severa, los cobijó durante siglos y siglos. Verlos desde el mar es un espectáculo que deslumbra por su magnificencia y su belleza y, cuando ya arriba los recorremos pasando de uno al otro no lo podemos creer. Hay algunos a mitad de camino del nivel del mar y otros por allá arriba, cerca del cielo. Y lo más sorprendente: adentro de cada uno, una plaza central de piedra que imaginamos acarreada durante siglos. Todos tienen una Iglesia más o menos milagrosa cuyo origen es antiquísimo, callecitas que permiten el paso de una sola persona, tabernas, casas, negocios, una vida llena de vigor y movimiento que no se llega a ver desde los bordes, desde donde sí se va muriendo el horizonte del Mare Nostro. Nos dicen que hasta mitad del siglo XX había algunos habitantes de la zona que nunca habían bajado de la montaña. Nos dicen que eran felices porque son y se sienten los dueños de toda la belleza del mundo. Desde el Mar solamente se llega por barco, a pie o en el tren que va bordeando las rocas como si fuera de juguete. Llegamos según las instrucciones y empezamos a caminar, pasando por los cinco pueblos. En un lugar una escalera de casi cien escalones, en otro un sendero sombreado con bancos para descansar y mirar los matorrales de flores, una casa y el techo con la parra. Más abajo pequeñísimas playitas rocosas donde el mar se muere suavemente y que, en caso de peligro, eran cercadas desde muy arriba. En una parte del paseo, entre dos pueblos, hay un camino de cornisa aunque es muy seguro se siente colgado sobre el abismo. Es imposible caerse pero para mí que sufro las alturas se transforma en una prueba más o menos difícil. Así transcurre la jornada. Entre cantos (estamos en Italia), buena comida y un vino cantarino de la zona (estamos en Italia). Más tarde volvemos a la ciudad cercana desde donde a la mañana siguiente nos despediremos de nuestros amigos.
Me cuesta dormir porque he pasado un día lleno de emociones y no quiero perderlas. Antes de cerrar los ojos me siento otra vez en el camino que bordea el precipicio.
Como la vida. Como mi vida y la de todos. Con los precipicios pasan muchas cosas. Uno va o lo llevan. Mira para abajo aunque le recomiendan no hacerlo o camina con la vista en alto para no tener miedo. Sabe que depende de los demás y espera que no se lo cruce algún atrevido o bromista o imprudente que lo arrastre al abismo. Suele temerle pero también disfruta de ese temblor helado que lo despierta y lo pone en alerta.
¡Me pregunto cuántos precipicios habremos recorrido y ni siquiera lo supimos! La vida es tan incierta y tan repentina que nunca lo sabremos. Nunca sabremos cuántas veces hemos sido salvados, cuántas nos guiaron a tierra segura, cuántas evitaron que nos asomáramos, y, finalmente cuántas veces salimos indemnes de todo peligro.
Y ¿las veces que caímos en él por nuestra propia imprudencia?
Decía la abuela: “Primero pensar, después decir, y recién entonces, hacer”.
En las cosas importantes ésa es la regla. En las cosas que nos relacionan con los demás, que siempre son las más importantes, primero pensar lo que nos está pasando, a mí y a ellos, pensarlo bien para no cometer errores importantes. Después decir lo que nos pasa, lo que queremos hacer, lo que nos emociona, lo que nos ha llevado a dejar de amar o al amor que nos impulsa a cambiar la vida por otro. Y decirlo con delicadeza, con compasión, para mí y para él, contar con su humanidad que puede sufrir o gozar con lo que yo digo. Decirlo dándole el lugar preferente en lo que está pasando. Decirlo como si no quisiera decirlo o como si fuera lo más importante de mi vida. Escuchar del otro sus emociones, sus angustias, sus ansiedades y lo que lo hace feliz. Lo que cree. Escuchar al otro. Decirle lo que me pasa y escuchar al otro. Y después, hacer lo que haya que hacer.
Si lo hacemos al revés estamos caminando por el costado del abismo. ¡Cuántas veces hemos caminado al costado del abismo! Por temperamento, por falta de reflexión, por egoísmo u omnipotencia. Y hemos caído arrastrando con nosotros a los que más queríamos o a los que no lo merecían. Y nos hemos comprometido sin razón o escapado de lo que debíamos hacer o defender.
Ése es uno de los precipicios que la vida nos tira de frente cuando no lo esperábamos, cuando el paisaje parecía llano y recto, sin curvas escondidas y al ras de la tierra, que es como caminamos todos los días.
Cuando algo es importante. Primero pensarlo, después decirlo y recién entonces hacerlo. Y volver del viaje a un lugar seguro, sin pesares ni abismos.
Los cinco pueblos increíblemente hermosos son:
Monterosso al Mare, Vernazza, Corniglia, Manarola, and Riomaggiore. Los recordaré toda mi vida y espero volver a visitarlos algún día. Allí, en la montaña, cayéndose al mar azul, llenos de hombres y mujeres valientes que han hecho su vida en equilibrio, caminando con toda elegancia por los bordes de los precipicios. Cierro los ojos y me animo.
PRIMERO LA JUSTICIA.
PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.


Alrededor había pequeños accidentes rocosos y un sendero para recorrerlo. Por momentos se interrumpía. Bajábamos y subíamos pequeños estrados, en cada uno de ellos había distintas flores silvestres de todos colores revelando la llegada de la primavera. Cada tanto un manchón de nieve rezagada que se hacía eterna en la sombra de una roca. Y rodeando todo la presencia lejana, irregular y obstinada de las montañas que formaban parte de aquella cadena de volcanes dormidos. Todo majestuoso e imponente nos volvía a la realidad de nuestra pequeñez pero como estábamos a la altura de la boca de un volcán, el resto de las montañas no parecían tan altas y los valles eran más profundos.Dicen que la profundidad del lago es de 1200 y que su nombre original era Mazama, en la lengua náhuatl, que hablaban los aztecas y que fue llevada desde el sur hacia estos lugares tan lejanos por algún misionero empeñado en seguir convirtiendo a gente que no la hablaba. Casualidades, cadenas de comportamientos y de voluntades que unen a los hombres de todas las épocas de manera tal que siempre encontramos historias nuevas y cautivadoras.