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El cuaderno marmolado

19 Nov

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Hilacha que va tramando

El cuaderno marmolado

Un cuaderno marmolado en blanco y negro sobre una cama llena de papeles.  Es el rencuentro con viejos textos que se empujaban unos a otros en aquella época de no saber.  De no modificar el ser interior.  Ni esperanza ni culpa, ni preguntas.  Todo fluía naturalmente por el camino de la cotidianeidad.

Uno se pregunta ¿quién soy yo? cuando siente que su identidad está en peligro.  Y ahora que parece que lo está busco en el cuaderno/diario el  puñado de frases que se iban acumulando en mi historia.  Recuerdos, fotos, pensamientos que me dejaban a salvo de profundizar.  Estudiantina de días incompletos, caminos simples para llegar al conocimiento. ¿Quién soy yo?

¿Quién soy yo transitando ahora la pandemia?

Para resolver este nuevo enigma las personas nos volvemos a los dioses. A cualquiera de los dioses que nos den tranquilidad les damos realidad a través del culto personal o público.  Nos encontramos rezando en lenguas esperando que esos mismos dioses nos dispensen sus bienes.  Alrededor estalló la Pandemia, nos sacudió primero con su anonimato, sus dimensiones extraordinarias, el desconocimiento que teníamos de cada una de sus apariciones y después con la gran verdad, ya que todo paraíso es un paraíso perdido: habíamos perdido el control de nuestra propia vida.  La delicada ignorancia de nuestra propia vida se fue entre los dolores de parir una pandemia.  El mundo se disparó para el espacio girando, ahora sí, chiquito y vulnerable.  Y nosotros en él.  La majestuosa raza humana apretando las manos, agarrándose a cuanto estaba cerca.  Con miedo.  Con extrañeza, con dolor.  Nos lanzamos a hacer cosas bien sencillas, las de todos los días, las que conocemos desde el fondo de la historia.  Aprendimos a comunicarnos de otra manera, lo peor sería no poder tocarnos, no poder besarnos ni abrazarnos.  Los seres humanos se tocan para ser humanos.  Y no podemos.  Transitamos muchas sorpresas, mucha desolación, mucha soledad.  El mundo detuvo su paso más que nunca en la historia y la naturaleza agradeció ese paréntesis.  El cielo se puso más limpio, las plantas brillaron con verdes olvidados y las flores, las flores fueron el epítome de toda belleza.

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Entonces fuimos soltando las manos apretadas del miedo y miramos alrededor como el primer hombre miró la Creación.  Esto finalmente nos salva.  Siempre está la historia del hombre sobreponiéndose a cualquier destino.  Como grandes titiriteros empezamos a entender, aunque nada esté claro, que esta experiencia trae voces de respuestas, que aprenderemos a mirarnos más allá de lo aparente, que nos haremos fuertes ante los otros para sobrevivir bien. 

Nos miramos con otros ojos.  Y llega el milagro.  Aprender.  Aprender  a mirarnos, a conocernos, a querernos.  A usar al mundo con respeto.  A recobrar la majestad de los seres humanos.  Ya hubo y habrá nuevos desafíos.  Sostengamos la mirada de nuestro amigo y esperemos que el enemigo aprenda a no serlo.  Ahondemos en la amistad, en la ternura, en el amor.  Pidamos perdón y exijamos empatía.  Recobremos nuestro esplendor.  Somos aquellos para quienes Dios creó el mundo.  Lo somos!  A veces nos olvidamos pero lo somos.  Que nadie nos vuelva a confundir. Aprovechemos la Pandemia.  Celebremos, bailemos la danza de todas las vidas y demos gracias a Dios.

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Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

25 May

Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

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Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía dormir la siesta, tirarme a leer en el jardín y hasta saborear una cervecita bien helada antes de la hora de preparar la cena.  Leía la mayor parte del tiempo, en el club y en la casa.  Febrero era un puente mágico entre la vertiginosa y caótica vida de las “vacaciones” y la vuelta a la escuela, los cursos, las reuniones de padres, las vacunas, las tareas, los domingos de convivencia, la vida de relación  y mi trabajo.  Febrero era risueño, tranquilo, permisivo, amigable y ¡corto!

Hoy es noche de luna llena, salgo al jardín y revivo aquellos años, me acerco a la medianera para sentir el perfume de mi madreselva.  Recuerdo que conocí esta casa cuando era muy, muy joven y acabábamos de llegar de vivir en el extranjero.  Vinimos, por primera vez, de noche y, en cuanto salí al jardín, me estalló el perfume de esa madreselva.  No vi más nada, le dije a mi amigo:

“Si me querés de verdad, comprás esta casa o te robás la madreselva”.  Compró la casa donde ahora, una noche de luna llena, estoy reviviendo las maravillas que la vida hizo con mi vida.  Me siento en el suelo, apoyo mi espalda contra el tronco y decido prestarle tiempo a mi tiempo.  No fueron todas alegrías, no.  Hubo enfermedades, dolores, muertes injustas, más injustas que otras muertes.  Abandonos, traiciones.  Problemas.  Lejanías.  Todo tipo de pérdidas.  Pero hoy revivo las maravillas que la vida hizo con mi vida.

Como un plumazo se van olvidando los malos momentos y me queda una increíble luminosidad que recién ahora, en este momento de mi vida, encuentro.

“El Tiempo vuela” “La vida se pasa rapidísimo” “Parece que fue ayer” «Hemos gastado el Tiempo”.

Esta noche de luna llena me tiro de espaldas en el jardín y miro el cielo.  Y entiendo que, en realidad, le he prestado al tiempo toda mi vida que quiero recuperar.  Pensando para atrás le pido que me lo devuelva, pedirle tiempo al Tiempo es recomponer todos los pedacitos de uno que se quedaron en el camino.  Otra vez armar el rompecabezas. Recuperar quién fui, para quien soy hoy.

El pasto está brillante y se oye algún grillo enamorado.  Recuerdo para atrás, con impresiones y emociones. El gusto del helado en las siestas del barrio.  Las bajadas en bicicleta por la calle en desnivel, a todo lo que da y soltando el manubrio. La voz de mi madre llamándome a comer.  La escuela, el frío de la escarcha, el Alta en el cielo y la escarapela.  El tren llegando a la estación.  La pileta y los deberes. Los amigos. El club. El primer beso. El amor que vino y se fue cuando clamábamos porque fuera eterno y teníamos quince años!!  El vestido con la espalda desnuda. Los boleros. Yo volando por el aire mientras disputábamos un concurso de rock!  Las madrugadas para estudiar.  El terror en los finales.  El amanecer entre amigos y mirando el mar.  Los “happenings”.  El primer trabajo. El trajecito de corderoy azul.  El amigo que se transformó en el amor y que siempre fue mi amigo. La Iglesia. La promesa y el primer hogar.  Aprender a manejar.  El amor al galope.  Los hijos. Lo mejor de todo, los hijos.  El susto y lo desconocido, los partos, las batitas, los llantos, las sonrisas que enamoran. La maravilla de los hijos.  Las noches sin dormir.  El cansancio. La luz en el pasillo. Ellos creciendo. Los viajes. El traslado.  Los miedos a lo desconocido. Los años de viajar. La vuelta. Los miedos más reconocidos. Los hijos que se iban yendo y volvían despacito pero nunca del todo.  Mi amigo y yo.  Mis libros. Mi trabajo y mi entusiasmo. El resto de mi familia y los otros amigos del alma.  Todo lo que vivimos con ellos.  Y sigo y sigo.  Mi tiempo no se gastó, lo he acumulado. Recién ahora me doy cuenta.  Vuelvo a ser quien fui desde el principio.  Todo está acá.  Nada se ha perdido y nada se perderá.  En el universo callado de esa luna enorme me reencuentro. Tengo 5, 15,  30 años y tengo 50 y todos los más de 50 que tengo ahora y puedo bailar en el jardín, con una armonía y una gracia que me han dado los años y el tiempo que le volví a robar al Tiempo.  Basta repensarme, y así entender que nunca me fui de mí.  Que trato de ser mejor porque eso es lo que me enseñaron de niña pero siempre soy la misma.  ¡Quién me puede decir que el Tiempo ha pasado si una bella noche de luna me lo trae de vuelta!  Y yo, que ahora soy  una abuela sabia, lo recibo con una sonrisa maliciosa.  Porque lo estaba esperando y me lo quedo.  Todo está acá.  Todo está con nosotros desde el día que nacemos.  Todo vuelve con nuestra sola voluntad siempre que tengamos la perseverancia de recorrer algunos caminos interiores, cerrar los ojos y recuperar los olores, los sonidos y los amores que tuvimos siempre.  Y me apodero de mi Tiempo, para siempre.  Majestuosa como una reina y convencida, categórica, alegre.

Cuando la luna se va a dormir yo vuelvo al cuarto. Me meto despacito en la cama tibia. Beso a mi amigo que sueña sus propios sueños.

Y me voy durmiendo de a poco.  Acabo de conocer mi libertad.  Ya está todo dicho. ¡Cuántas maravillas la vida hace con la vida!

Cuando a la mañana siguiente, saboreando una buena taza de café mi amigo me pregunta “¿Qué te pasa?” Le digo, misteriosa, “Me pasa todo.  Por suerte me pasa todo”.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Las cosas iban bien…

27 Abr

                                      Las cosas iban bien

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Trabajando en mi computadora veo reflejada una imagen en la que, difícil de creer, no había reparado nunca. Estoy en la casa de siempre y en mi escritorio. Contaba con imágenes que, por reflejo,  cambiaban constantemente en la pantalla y formaban parte de mis sensaciones sin que yo lo notara.

A mis espaldas está cerrada la ventana que da al jardín y lo que ella muestra es parte del techo del garaje, un arbusto que se asoma adelante, un árbol enorme,  la pared con la enredadera, la reja y otro techo de tejas del vecino además de una escalera exterior, más plantas y el paredón de ladrillos del fondo engalanado con una Santa Rita que puede ser centenaria y se ha apropiado de casi todo el paisaje íntimo del jardín de mi casa. Eso es lo que veo reflejado en la pantalla: mi ventana, mi jardín en ella; lo que tengo atrás pero que me enfrenta.

Todo un mundo escalonado en planos que seguramente he ignorado porque el brillo del sol molestaba y siempre me resultó cómodo entornar las persianas.

Hoy el cielo aparece con una tormenta inquietante e inevitable. Todo es color gris oscuro y todo está inmóvil esperando el estallido.  Lo primero que me impresiona es el silencio. Hasta los pájaros se han callado y vaya a saber dónde están ahora. Así me quedo yo. Esperando la tormenta mientras me  intranquilizan  esas imágenes que veo en la pantalla  de mi computadora.  El cielo se va poniendo más y más negro.

La visión es tan  imponente  como engañosa.  Me doy vuelta y miro directamente a la ventana. Lo primero que gano es el ordenamiento de los planos que, por el reflejo, se habían  mezclado  confusamente como si el árbol enorme se acercara peligrosamente a la ventana y los arbustos pudieran alejarse hacia la Santa Rita, cuyos colores habían empalidecido en los tonos desvaídos que la tormenta nos propone. Mirando de frente uno siempre se tranquiliza.  Hasta el cielo, oscuro, maligno, amenazante, se aleja un poco hacia el cielo verdadero, se hace menos pesado y el viento, que empieza a soplar, nos pide paso calladamente hasta que todo estalla.

Pienso y pienso. Me apoyo en el alfeizar de la ventana y se me ocurre que ver y conocer algo, no es lo mismo que entenderlo.

La vida nos tira cosas a las que parece que nos acostumbramos, y sí, debiéramos conocer. Nos lleva por senderos cotidianos, caminando junto a personas que amamos y viviendo situaciones que nos parecen amigables.  Pero de pronto entra un desasosiego, una extrema tristeza o un malhumor que sacude el ánimo.

La vida nos dará una lección porque las cosas iban bien y nosotros creíamos que iban mejor de lo que iban. Se impone pensar, escuchar a los otros, remover la tentación de lo cotidiano. Se impone el silencio para escuchar. Entre dos, entre todos los seres que amamos, a veces se impone remover la distracción de las palabras y dejar que escuche el corazón, transformando nuestro enojo, o nuestra tristeza y la confusión que ella nos produce, en las realidades de los otros.

Es el momento en que debemos conversar escuchando, en lugar de las palabras, las voces de las cosas que el otro representa para mí.

Y después de que el corazón ha escuchado, se impone la razón. El pensamiento disciplinado para escuchar y transmitir lo de verdad importante.   Acostumbramos buscar en el otro aquello que debilite su poder de resistir nuestra influencia. Somos pobremente humanos cuando se nos hace fácil opinar en la línea que sostiene nuestros deseos.

Estamos muy solos cuando vemos solamente el paisaje reflejado.  Hemos avanzado sobre la voluntad del otro para que siga escondido o dejamos que dominara nuestra voluntad de conocerlo. Hemos creído que somos lo que nos pasa. Contamos con la temida asistencia de la vida presurosa, bullanguera y precipitada que se hace cargo de nosotros y de nuestra felicidad, la del otro y la del universo en el que vivimos.

Empezaremos por los datos más obvios que proporciona la misma persona, aquello que está delante de nuestros ojos pero que,  confundidos por los detalles, no vemos, olvidando los tiempos que ha llevado  toda una vida para formar a ése a quien amo.   Hacer caso a lo evidente.

Descubrir que hemos creado cosas donde no había pero también donde no era necesario.

Saber primero y después comunicar.    Cambiar de un sopetón el “pues yo también quiero” por el “yo también te quiero”.

Creemos y creen ellos, el prójimo, que hemos  invertido mucho pero, en una de esas, todos hemos  seleccionando mal las prioridades.  Tal vez, digo tal vez porque no quiero lastimarme ni lastimarle con una pretendida y falsa autoridad en estas cosas de la vida. Solamente pregunto y pregunto y digo:” en este gran amor, en este proyecto magnífico que significó todos nuestros sueños y nuestros esfuerzos, tal vez, digo tal vez con la humildad del amante que ama, tal vez hemos levantado estructuras antes de que hubiera necesidades de ellas” Y después descansamos creyendo que estaba todo hecho. Y seguimos descansando de lo obvio,  porque el movimiento no permite la reflexión.

Aprecio mis momentos de tristeza porque se me aclaran muchas cosas cuando estoy triste.  Busco al otro, trato de conocerlo, aprendo de la generosidad como valor indispensable en el campo de los afectos. Y después, cuando todo ha pasado con la tormenta de mis emociones, de mis propósitos  y de mis amores, vuelvo a pertenecerme. Puedo volver a mi pantalla engañosa, retomar mi trabajo. Aplacar los temores de la soledad en la multitud. Sonreír.

Acordarme de cuando era muy joven y muy inocente de mis propios deseos.

Del desconocimiento a la duda, de la duda a la esperanza.

De la incertidumbre y la perplejidad, que nos vacían de certezas, iremos despejando el camino hacia una nueva persona con paisajes claros y bien definidos.

Una nueva persona rodeada de otras nuevas personas que son la sal de la única vida que viviremos.

La tormenta no ha pasado. El cielo sigue amenazador y empiezo a preguntarme como le habrá ido a mi familia recorriendo la ciudad en la tormenta.

He caminado caminos más difíciles y más confusos pero siento que hoy fui y volví hacia todos los paisajes engañosos de mi vida y volví para mirarlos de frente.

Empieza otra tarea.  Apago mi computadora,  me preparo un café bien caliente, con chocolate y canela, y me siento frente a la ventana en mi mecedora que cruje y cruje mientras miro la tormenta de frente.

Es una bella tarde de otoño.

                                                 PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.