Hilachas que van tramando
Hay que contar historias
Vamos por un camino secundario entre dos ciudades relativamente pequeñas. El coche anda maravillosamente pero la travesía se hace difícil porque la carretera es angosta, con un asfalto rudimentario y muchas curvas. Los árboles crecen y crecen a los costados cuando empieza a llover. Primero unas gotas gordas y perezosas hasta que llega la lluvia pesada, cataratas de agua nos aíslan de todo lo exterior. No podemos seguir y no podemos parar porque ambas cosas nos ponen en peligro. Con cierta habilidad mi amigo se detiene en un pequeño espacio entre los árboles del camino que con cada trueno se hacen más y más grandes. El agua separa nuestro pequeño mundo de todo el resto y, aunque estamos juntos, eso no alcanza para dejarnos tranquilos. Nos impresiona la realidad externa, imponente, desconocida, mágica, llena de criaturas mucho más poderosas que nosotros que, con toda malicia, oculta la lluvia. Los kilómetros que nos faltan, aunque pocos, usando la imaginación se hacen interminables. El mundo entero ha desaparecido. Ni antes ni después. No tenemos espacio, tiempo ni capacidad para volvernos al mundo que conocemos. Alguna rama enorme cruje y pensamos que el árbol puede caerse.
Las ramas y los arbustos se agitan de tal manera que cuando se iluminan podrían ser un ejército de seres verdes cuya inmortalidad está probada.
Le digo:
“¿Has pensado alguna vez que si los árboles cobraran vida sería imposible detenerlos? Les cortás una rama y vuelve a crecer. Para vencerlos se necesita una destrucción total!”
“¡Siempre oportuna! Mirá si es un momento para decir eso!”
“Se me ocurre, se me ocurre, porque estoy muerta de miedo y no sé por qué, nosotros somos los mismos, los árboles son los mismos, lo más probable es que pasada la lluvia todo vuelva a la normalidad. Pero me inquieta mucho ser una nada entre otras nadas!”
La situación externa no empeoraba, de por sí era mala pero estable, pero nosotros subíamos por una escalada de emociones que agregaban peligros inimaginables.
“Vamos a contar historias”. Y aunque resultó difícil, empezamos a recordar anécdotas de buenos momentos, historias nuestras y ajenas, que hicieron que, después de un buen rato nos fuéramos quedando dormidos, envueltos en la manta de colores, esperando que amainara.
La madrugada trajo olor a lluvia; el bosque, empapado y con charcos que eran como lagunas, se había puesto de colores. Había un murmullo de vegetación que acumula y acumula vitalidad y daba ganas de abrazarse a los árboles para sentir tanta fuerza. Volvimos por un camino que felizmente estaba lo suficiente firme y en un rato estábamos disfrutando de una buena ducha caliente y un desayuno que nos pareció el mejor de todos.
Como otras veces me quedé pensando. Hay que contar historias.
Tenemos que vivir la vida y relatarla para que sea vivida más veces. Contar historias de nuestra propia vida para que podamos pertenecer a una estirpe, formar parte de un grupo. Alentar esa identidad que nos hace fuertes y nos permite ser felices.
Tenemos que contar historias porque de otra manera somos como ese coche perdido en la tormenta temiendo por el mundo aterrador que lo rodeaba.
Recuerdo cuando murió una prima muy querida por todos nosotros, que era la mayor de toda esta familia tan numerosa. Tenía la edad de otra generación, más cercana a nuestros padres. Después de llorar su ausencia, lo que más me mortificó fue que había muchas historias de mi familia que ya no serían contadas por sus protagonistas. Eso era el silencio total. Por mucho que hubiéramos hablado antes, se quedaba uno sin aliento ante lo categórico del silencio futuro.
Contar historias de la familia, de los amigos, de lo que uno ha pasado en su vida da pertenencia a uno mismo y a los que lo escuchan. Después de todo, somos lo que los otros tienen de nosotros, lo que los otros saben de nosotros. Nos reflejamos unos a otros contando nuestras historias. Es bueno que yo sepa que esos eran mis padres y mis tíos y los amigos de la familia y los vecinos que crecieron conmigo porque yo soy lo que ellos han conocido y eso se vive en el apretado diseño de cada vida singular. También tenemos que contar historias de lo que sucedía en nuestras comunidades, en nuestra ciudad y en el mundo mientras íbamos viviendo. Entregarles a los niños y a los jóvenes todo un fenomenal testimonio de persona a persona que no puede transmitir la crónica grande del mundo.
Siempre me ha llamado la atención que aquellas personas que han sido abandonadas por sus padres, en su mayoría siguen toda su vida buscándolos y cuando se les pregunta por qué o para qué dicen algo así como “Para conocer mi historia, para saber qué pasó, no intento hacer reproches, ya está todo perdonado, pero tengo que saber”.
Tal vez, digo tal vez con todo respeto y algo de pregunta, tal vez lo que buscan es solamente conocer un vínculo que los haga parte de algo. Lo que buscan es pertenecer. Todos los hombres por nuestra condición necesitamos pertenecer porque solos no somos más que un suspiro entre dos momentos de la historia.
Tuve la suerte de tener dos abuelas a las que les encantaba contarnos cosas de su tiempo. Nunca dejaré de agradecerles. Sus distintos enfoques también nos enriquecieron. Siendo tan diferentes nos entregaron una hermosa conjunción en la que podemos reconocernos. Finalmente todos terminamos siendo los niños a los que su abuela les contaba cosas.
Y los pueblos, los que cuentan, existen. Como en la Biblia. La misma historia contada otra vez y otra, la misma historia y diferente momento del relato. Siempre cambia el relator y su historia le pertenece.
La vida es más que vivir, la vida es relacionarse con los otros, pertenecer a los otros en la historia y entregarla a los que vienen.
Los relatos nos salvan de una soledad que de otra manera, a pesar de todo, sería absoluta e impiadosa. Dios nos libre de ser abandonados a nuestra propia suerte en la travesía vital de nuestra estirpe. Seríamos como esclavos en el desierto, sin nombre y sin compasión.
Me veo en una clase del colegio de monjas, mirando por la ventana el patio de baldosas y las galerías de hierro y vidrios de colores tenues, mientras nos leían aquella poesía que no puedo recitar entera y no estoy segura del nombre de su autor aunque creo que era Conrado Nalé Roxlo:
“Y me llenó las manos de castañas y nueces, el alma de leyendas y el corazón de preces. Y los labios de un viejo y divino cantar, el cantar montañés de viejecita bruja que narra una conseja mientras mueve la aguja, el mismo que ennoblece ahora mi cantar”.
Contar y contar como una forma de vivir para siempre. Esta sociedad en la que vivimos está un poco abandonada por la historia pequeña, queremos que todo sea sensacional, extraordinario y que todo nos iguale. Ganemos un pedacito de tiempo feliz, busquemos nuestra pertenencia en el relato chiquitito de los recuerdos, no soltemos la mano de los que fueron y de los que serán. A sentarse cada tanto a contar las historias que serán únicas, privilegiadas y enriquecedoras. Todo lo que pasa es lo que nos pasa, los que nos pasó, lo que nos contaron visto por quienes lo vivieron de esa manera y no de otra.
Todo lo que somos es lo que los otros nos contaron. El resto es lo que nosotros haremos de nuestros relatos para los que nos siguen en esta vida.
Empieza otra jornada. El bosque florece, cantan los pájaros, la tormenta ha pasado.
PRIMERO LA JUSTICIA.
PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Aterrador desde ese vidrio empañado, en el que se presiente ese camino en el que a quién no le ha tocado transitar algunas veces? Me gustan mucho sus historias escritora!Y comparto lo que sigue, así como compartimos algunas tradiciones familiares que son lo mejor de nuestras vidas. Abrazo. Marta.
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Gracias Marta
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