Hilachas que van tramando – La plaza de las diagonales

2 Sep

Hilachas que van tramando

La Plaza de las diagonales

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Los vi mientras cruzaba la plaza en diagonal.  La plaza de mi barrio es una de las más lindas de la ciudad.  También una de las más antiguas, por lo que sus árboles son enormes y tienen increíbles historias de vida para contarnos.  En uno de sus lados se enfrenta con casas muy grandes, que tienen la majestuosidad de toda una época.  En otro la Biblioteca de líneas clásicas que más parece un templo griego y por la que hemos pasado generaciones y generaciones de niños y jóvenes estudiantes.

Nos falta hablar del  hospital con su torre de estilo y las cuadras que se han llenado de pequeños cafés muy agradables, en los que se encuentran y reúnen los vecinos.  La plaza es muy grande por lo que todavía guarda rincones recoletos, encantadores ámbitos de silencios o murmullos que invitan a la gente como yo a caminar por ella.  Las diagonales que la cruzan son coincidentes con las avenidas diagonales que han sido la matriz del barrio; salga uno por donde salga, si no ha vivido allí, se pierde y los lugareños lo hacemos con una sonrisa suficiente aunque a veces,  metida en mis pensamientos, también me pierdo y como siempre vuelvo a pedirle a los duendes que me han acompañado toda mi vida, que tengan a bien llevarme de nuevo al mundo conocido.  Sacudo la cabeza y los sigo yo humillada, ellos divertidos.

Se oían, lejanos, los gritos de los chicos en el patio de juegos, era un día extraño de primavera, en un espacio del cantero había flores blancas que tenían la presunción de ser rosas pero no, eran otras silvestres y fuertes; no caían desmayando sobre el pasto, se iban abriendo hasta que estallaban en pétalos de seda marfileños, y se morían abrazadas a los cabos.  Creo que están ahí desde siempre. Todo un mensaje.

Pasaban como saetas imágenes de mi adolescencia, el beso robado en la época en que se robaban los besos, el encuentro fortuito, las confidencias, el amigo que nos dejaba leerle poesías de amor y nunca nos dijo que él nos amaba.  La espera inútil de aquél que nosotros amamos más que nada en el mundo hasta la próxima fiesta de quince que estrenamos el vestido de falda de colores y peinado nuevo y encontramos otro amor eterno.  Iba, como casi siempre, ensimismada en esos recuerdos, dulce amargura de los años antiguos que en la plaza sombreada repiten una y otra vez la magia de revivir.

Los vi sentados en un banco que parecía más escondido que los otros.  Él estaba de costado, como dispuesto a irse, con la cabeza baja y el gesto adusto, presumiendo que estaba preocupado cuando a las claras sólo había algo que le estaba molestando; distraído, inquieto, queriendo irse para no volver.  Ella tirada para atrás, con toda su espalda en el respaldo del banco mirándolo fijamente, con los ojos colorados y la boca apretada, lista para estallar en llanto.  Rogando, pidiendo, anhelando una respuesta con las manos desmayadas sobre el regazo, palmas para arriba  y toda la soledad del mundo en ellas.  Hablaba hipando y parecía repetir una y otra vez  lo mismo, de a momentos preguntaba algo porque el muchacho le contestaba con un sí o un no moviendo la cabeza y levantando la vista para mirar a ningún lado.

Me quedé inmóvil mientras todo lo de alrededor se transformaba en una niebla ligera y yo, atrapada con ellos en la eterna historia de encuentros y desencuentros que forman el tejido espeso del amor en todos los tiempos y en todos los lugares del mundo en el que hay amantes y amados, anhelos y abandonos, requerimientos fastidiosos para quien no ama y trágicos para los que ya lo están haciendo.  De pronto él se levantó y la atrajo a su lado, caminaron juntos en silencio hasta la vereda exterior.  Me quedé deseando que se perdieran en el mundo de las diagonales para que la niña lo tuviera con ella para siempre.  Pero ya sé que es inútil.  El amor va y viene o no está.  Caminaron hasta la esquina.  El la besó en la mejilla y se fue apresurando el paso sin mirar atrás.  Ella se quedó un rato mirándolo, suspiró, y volvió sobre sus pasos para cruzar y perderse por la calle.  Hubo un instante en el que su mirada y la mía se cruzaron, uno solo en el que estuve tentada a abrazarla para darle algún consuelo pero no lo hice porque no hubiera sabido qué decirle.  Cada uno tiene su propio espacio de dolor y es suyo.

Hoy después de un tiempo estoy más cerca de entender qué ha pasado cuando dos se entienden y qué cuando se lastiman.

Las cosas siempre tienen un comienzo.  Y en él se definen relaciones que constituyen la vida entera.

Porque vamos a nuestras relaciones con el deseo vehemente de ser amados como queremos, no como seremos amados algunas  veces, cada uno empieza ocupando un lugar que difícilmente pueda cambiar en el futuro.  En todos los casos y con todas las relaciones, con nuestros amigos, con nuestros compañeros, sobre todo con nuestros amores.

Nos vamos a parar de una manera y hablar con un tono que el otro recibirá como mensaje de identidad.  Tendremos la desventura de empezar con cierto miedo o inseguridad o avanzaremos con una risa fácil y desenvuelta para quedarnos con el mundo entero.  Estaremos tratando de explicar cada cosa, o las vamos a vivir sin muchas explicaciones.  Seremos cariñosos o malhumorados.  Nuestro lenguaje se llenará de palabras saltarinas o de términos ofensivos.  Daremos por descontado que todo nos es debido porque el amor es para poseer todo o estaremos dispuestos a trabajar para “merecernos” un amor.  Los otros, a su vez, nos mostrarán lo que puedan y harán con lo nuestro lo que quieran.

Así será el encuentro de todos y cada uno, y resultará difícil salir de ese marco.  Todo tiene que ver con el personaje que somos y el que elegimos ser.

Y…es mejor que pensemos seriamente en el lugar que decidimos ocupar en nuestra vida y en la de los otros, antes de ocuparlo.

Hay imponderables, siempre hay imponderables.  El momento de la vida en el que se produce un encuentro puede ser un momento de felicidad, de soledad, de éxito o de arrepentimientos, todo puede estar pasándonos cuando encontramos a alguien a quien amar.   Es necesario que reconozcamos verdaderamente cómo somos y qué tenemos para dar.  Es imprescindible que sepamos que toda relación se da de a dos en el mismo rango.  Cuanto más importante sea, más nos iguala el rango en el que viviremos.

No es menos importante elegir el lenguaje que será el nuestro en el futuro.  Que nadie tenga que rogar para ser amado, ser comprendido, ser escuchado.  Bueno sería que empezáramos a decidir hablarnos bien y establecer el mismo compromiso de ida y vuelta para todas las cosas de la vida.

Las diferencias siempre enriquecen, podemos ser más expresivos, más enérgicos o menos ocurrentes que el otro, podemos ser más vitales o más apagados, más demostrativos o discretos, pero somos siempre iguales.  Siempre iguales.

Tenemos una manera de relacionarnos y eso constituye la vida entera.  Las cosas siempre tienen un comienzo.  Hasta entonces podemos elegir, más tarde estaremos solamente defendiéndonos.  No he vuelto a encontrarme con la joven. L e he pedido a los duendes de la plaza que la preserven de amores tristes, que le den, en cambio, risas y ternura, que lo dé  y que lo reciba en la misma cantidad.  Después me sonrío y salgo de la plaza hermosa, florecida, llena de diagonales en las que no me importa perderme.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

2 respuestas to “Hilachas que van tramando – La plaza de las diagonales”

  1. Avatar de Ana Maria Sofia Panello
    Ana Maria Sofia Panello 13 septiembre, 2013 a 20:11 #

    Que lindo!!!

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