Hilachas que van tramando – El Faro de Punta Brava

6 Nov

Hilachas que van tramando

El faro de Punta Brava

 Imagen

Era la tarde temprana. Entramos por un camino de grava que parecía muy poco transitado.  Las gomas crujían y se sentían las piedrecillas que golpeaban contra la chapa. Una vuelta y otra. Pasamos lo que parecía una vieja usina, y, más allá, detrás de los alambrados marrones de óxido nos enfrentamos con el faro. Tan solitario, tan erguido en su sencillez. Tan seguro de lo que estaba haciendo, iluminar el sendero turbulento de un río incansable. El agua se movía hasta el horizonte y el faro era la única parte del paisaje que estaba inmóvil. Parecía asentado sobre una pequeña construcción de paredes ásperas, que iba de mayor a menor y remataba  en un cúpula roja toda rodeada por el pasaje abalconado con aberturas y cuya  única defensa eran unos barrotes  de hierro al aire. Las antenas superiores le agregaban un aire de nave espacial que nunca, nunca levantaría vuelo. En el medio de la torre una ventanita alargada con  actitud de esperar caminantes. Abajo unas pocas plantas de suelo duro con puntas espinosas como para desalentar visones de paisajes fáciles o amigables. El camino seguía en una curva que parecía haber alejado al Faro del río. Y, sin embargo el Faro de Punta Brava aseguraba el camino que el agua confunde.  Pensé que todos deberíamos tener un faro que guiara nuestros caminos. Si por épocas gocé de esa facilidad, otras me he debatido en dudas, miedos, renuncias. Como todos. Como todos hubo en mi vida soledades interiores que terminaban en un hueco inacabable. Como todos temblé por mi incapacidad   para crear cosas sublimes. Pasé de la jactancia temeraria a la tristeza. Sentí el peso de todo el universo en el que no soy importante. Como todos también tuve un faro cuya estela brilló en medio de la noche y me regaló las mejores de mi vida. Y muchos  días en que sencillamente puedo creer que Dios me ha destinado a la alegría. Todo, todo eso lo fui caminando a la luz intermitente del faro de mi propia vida.  Y, como la luz descansa sobre el agua, ahora que lo aprendí,  reconozco que siempre he vivido en equilibrio, en la situación de un cuerpo que a pesar de tener poca base de sustentación consigue mantenerse sin caer. Porque ¿qué otra cosa es la vida? Un equilibrio incierto entre la realidad y el desafío de la propia voluntad con todos sus deseos y sus necesidades.  El desafío es conocer lo más que se puede la realidad, aceptar y sustentar la propia existencia reforzando aquello que nos hace felices.

El equilibrio se da entre nosotros, los seres humanos, en muchas direcciones y en diferentes  planos con un núcleo central que es siempre el amor que nos tenemos.

 El amor  aporta la cuota de compromiso y entrega indispensables entre aquellas personas que comparten la vida de una manera íntima y cotidiana y también entre los otros que, un poco más alejados, siguen siendo nuestros pares en este caminar por las aguas inquietas de la vida. Descontado el amor, la entrega, y la fidelidad, se requiere una reflexión profunda de cada uno para reconocer personalmente y en conjunto, cuales son los resortes que establecen la estabilidad de las relaciones, cobijo indispensable en esto de ir viviendo.

Los golpes de luz nos despiertan la esperanza de seguir adelante, aclaran los rostros y nos trazan un camino seguro. Son todas las cosas que podemos hacer para seguir adelante.   Y, precisamente ahora, se me cuelan algunos destellos que pueden ayudarnos. Tolerar, servir, aceptar, respetar, exigir, cumplir, escuchar, opinar, expresar, mostrar, llorar  cuando sea necesario, reírse a carcajadas cuando la vida se hace divertida, marchar con entusiasmo por la vida cotidiana y también aprender a “quedarse en la banquina cuando pasa algo que requiere serenidad y paciencia.  Saber, entender, aceptar que la vida es precaria y repentina y que sin embargo es eterna, infinita e incesante para los que ya hemos sido salvados de la nada.  Y que seguimos salvados si seguimos juntos, si nos consideramos iguales, si nos amamos los unos a los otros.

Nos hemos quedado un largo rato cerca del Faro, mientras caía la noche, para ver el milagro de sus destellos. En silencio con la seguridad de percibir y ser percibidos para siempre. Estremecidos por la oscuridad que estaba más allá de la luz y radiantes como un rayo de sol que se va colando al atardecer. Todo eso somos los seres humanos, todos somos todo eso.

Después dimos la vuelta. Retomamos el camino llano y sin sorpresas para ir a  casa. Nunca nos pareció más amigable nuestra vida. Allá quedó el Faro de Punta Brava, eterno, inmóvil y orgulloso de su destino.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

 

 

 

 

2 respuestas to “Hilachas que van tramando – El Faro de Punta Brava”

  1. Avatar de Ana Maria Sofia Panello
    Ana Maria Sofia Panello 30 noviembre, 2013 a 18:21 #

    Lindísimo como siempre.Besos

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