Hilachas que van Tramando- El paisaje inmóvil

10 Dic

Hilachas que van  tramando

El paisaje inmóvil

Imagen 

Se ve el río color de león que parece que no tiene otra orilla.  Siempre quiso ser mar y casi lo logra con su inmensidad altanera, pendenciera y atrevida.   A lo lejos unas islas que se traga el horizonte, acá la playita de arenas muy finas y casi blancas.  Una lomada de yuyos que se esconden a la sombra del árbol quieto.  A la izquierda se asoma un resto de roca cubierta de vegetación más oscura.  El agua se va acercando en un movimiento ondulante que ayuda a la sensación de abandono.  Todo está quieto, todo murmura y está quieto. Como pasa a veces con la vida.  Soy una espectadora habitual y silenciosa del lugar pero esta vez no se siente la belleza agreste y el sonido de los pájaros.  Esta vez la imagen se detuvo, su belleza entró en un ámbito de ensueño como si fuera y viniera por el universo, parte del todo y todo junto, lo único que existe y lo más cercano.  El apagón y el espectro  marrón del desconsuelo.  Como a veces la vida.

Me voy dejando caer a la sombra del árbol retorcido y me dejo llevar por una hilera infinita de pensamientos.

A veces nos pasa que nos asomamos a un hueco silencioso en el que van cayendo todas las emociones y las sensaciones que nos permiten estar vivos.  A veces no sentimos ninguna motivación y sí un cansancio interminable.  Las cosas y las gentes se van alejando como si fueran a perderse en el espacio y es ese mismo espacio que va a tragarse todo nuestro espíritu.  Como si voláramos por el Universo para ser un punto chiquito allá abajo, adonde no parecemos ser nada.  Y vamos y volvemos pero con un desconsuelo neutro y complejo que es mucho pero mucho más grande que uno mismo.  Todo nos es ajeno.  Son tiempos en los cuales seguir la rutina de nuestra vida nos deja agotados, encerrados en un cono de sombras que solamente se olvida mientras dormimos.  Hay desgano, confusión y una tentación enorme de no volver nunca a la normalidad que conocemos, como si en ella fuéramos a encontrar a un extraño inquieto y malévolo.  Se bajan los sonidos, se atenúa toda nuestra necesidad de estar con aquellos a quienes amamos; nos molesta su indiferencia producto de que no saben lo que nos está pasando.   De cualquier manera jamás lo contaríamos porque es parte de ese mundo personal, hermético y profundo que nos hace diferentes.  Son tiempos ingratos en los cuales hasta Dios resulta demasiado poderoso.

Muchas veces este estado repentino y agobiante aparece en momentos de normalidad, cuando no tenemos batallas que pelear por esas cosas que tiene la suerte cuando viene embarullada.   Es un estado como ajeno, nos perdemos de nosotros mismos.  Nos vamos.

Otras se agrega al dolor de algo que nos ha pasado, que nos está pasando.

Finalmente todo termina o todo quiere terminar y empezamos a empujar la vida con el pretexto de que esa tristeza no tiene razón y no tiene motivo.  A veces eso es lo que conviene y a veces deberíamos quedarnos un rato en la banquina para que el orden y la armonía regresen a nosotros, solos, por su propio peso, porque de eso está hecho el universo.

De pronto un día el paisaje se llena otra vez de sonidos y colores.  Nos despertamos con deseos de sabores y olores placenteros.  Tenemos ganas de festejar y respiramos profundamente, sonreímos a la vista de todos, nos llenamos de esperanza, de fe, de apetencias.  Querríamos poseer todo, lo que conocemos, lo que no conocemos y hasta lo que no sabemos que no conocemos.  El paisaje vuelve a su mejor aspecto.  El mal tiempo ha terminado y somos otra vez los mismos que siempre hemos sido.  Todo recobra un aspecto familiar y todos aquellos que amamos vuelven a ser nuestros amores y nuestros amantes.

Miro el paisaje habitual, y me pregunto qué ha hecho que en un tiempo vital se pierda uno de sí mismo, se angustie, se aleje, se desconsuele.  Y mientras el río sigue murmurando en su eterno movimiento siento que lo que pasa es que, cada tanto, nos aturde la realidad de un mundo que desconocemos, de tantas preguntas que no podemos responder.  De la vida y la muerte al mismo tiempo como misterios  que nunca hemos de resolver.  Somos vulnerables y estamos indefensos ante nuestra propia humanidad.  Somos finitos y fallamos.  Somos pequeños y no podemos decidir todo.

Dolores que prenden en el alma cuando el alma quiere doler.  Y después, cuando despierta, nos hacemos gigantes en nuestra esperanza, descubrimos que el dolor fue generando espacios de felicidad que vamos a vivir con toda nuestra energía.

Es cierto que cosas como ésta, que pasan cada tanto, nos dejan momentáneamente sin paz pero sin esta experiencia vital estaríamos incompletos.

Sigo el vuelo de una gaviota, miro el horizonte y me vuelven las ganas de sumergirme en el agua fresca porque todo el universo ha retrocedido hasta donde le corresponde estar.  Y, por mucho tiempo, no dejaré que vuelva a invadirme con su realidad de eternidades.  Vivo, estoy viva aquí, en el pequeño espacio de mi cotidianeidad, lo más tranquilizador que me pasa siempre.  La luz me cae en cataratas, sé que lo único que nos salva es el amor que nos tenemos unos a otros.  El paisaje, como mi vida, ha vuelto a serme familiar y confortable. El árbol  y el río me pertenecen.  He vuelto de lo desconocido y le doy gracias a Dios.  Le doy gracias a Dios.  Nadie sabe lo que me ha pasado pero una mujer joven en una pequeña moto me sonríe y saluda con la mano.  La saludo y camino hacia el agua dispuesta a gozar como si fuera lo único que voy a hacer el resto de mi vida.  Gozar y vivir, que, después de todo, ésa es la consigna.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

2 respuestas to “Hilachas que van Tramando- El paisaje inmóvil”

  1. Avatar de Lina
    Lina 10 diciembre, 2013 a 18:58 #

    Gracias Zully .Muy acertado .

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